27.5.11

Última lectura del segundo semestre de lit universal para el viernes de 3 de junio de 2011

La perfecta señorita

de Patricia Highsmith

Theodora, o Thea como la llamaban, era la perfecta señorita desde que nació. Lo decían todos los que la habían visto desde los primeros meses de su vida, cuando la llevaban en un cochecito forrado de raso blanco. Dormía cuando debía dormir. Al despertar, sonreía a los extraños. Casi nunca mojaba los pañales. Fue facilísimo enseñarle las buenas costumbres higiénicas y aprendió a hablar extraordinariamente pronto. A continuación, aprendió a leer cuando apenas tenía dos años. Y siempre hizo gala de buenos modales. A los tres años empezó a hacer reverencias al ser presentada a la gente. Se lo enseñó su madre, naturalmente, pero Thea se desenvolvía en la etiqueta como un pato en el agua.
-Gracias, lo he pasado maravillosamente -decía con locuacidad, a los cuatro años, inclinándose en una reverencia de despedida al salir de una fiesta infantil. Volvía a su casa con su vestido almidonado tan impecable como cuando se lo puso. Cuidaba muchísimo su pelo y sus uñas. Nunca estaba sucia, y cuando veía a otros niños corriendo y jugando, haciendo flanes de barro, cayéndose y pelándose las rodillas, pensaba que eran completamente idiotas. Thea era hija única. Otras madres más ajetreadas, con dos o tres vástagos que cuidar, alababan la obediencia y la limpieza de Thea, y eso le encantaba. Thea se complacía también con las alabanzas de su propia madre. Ella y su madre se adoraban.
Entre los contemporáneos de Thea, las pandillas empezaban a los ocho, nueve o diez años, si se puede usar la palabra pandilla para el grupo informal que recorría la urbanización en patines o bicicleta. Era una típica urbanización de clase media. Pero si un niño no participaba en las partidas de «póquer loco» que tenían lugar en el garaje de algunos de los padres, o en las correrías sin destino por las calles residenciales, ese niño no contaba. Thea no contaba, por lo que respecta a la pandilla.
-No me importa nada, porque no quiero ser uno de ellos -les dijo a sus padres.
-Thea hace trampas en los juegos. Por eso no queremos que venga con nosotros -dijo un niño de diez años en una de las clases de Historia del padre de Thea.
El padre de Thea, Ted, enseñaba en una escuela de la zona. Hacía mucho tiempo que sospechaba la verdad, pero había mantenido la boca cerrada, confiando en que la cosa mejorara. Thea era un misterio para él. ¿Cómo era posible que él, un hombre tan normal y laborioso, hubiese engendrado una mujer hecha y derecha?
-Las niñas nacen mujeres -dijo Margot, la madre de Thea-. Los niños no nacen hombres. Tienen que aprender a serlo. Pero las niñas ya tienen un carácter de mujer.
-Pero eso no es tener carácter -dijo Ted-. Eso es ser intrigante. El carácter se forma con el tiempo. Como un árbol.
Margot sonrió, tolerante, y Ted tuvo la impresión de que hablaba como un hombre de la edad de piedra, mientras que su mujer y su hija vivían en la era supersónica.
Al parecer, el principal objetivo en la vida de Thea era hacer desgraciados a sus contemporáneos. Había contado una mentira sobre otra niña, en relación con un niño, y la chiquilla había llorado y casi tuvo una depresión nerviosa. Ted no podía recordar los detalles, aunque sí había comprendido la historia cuando la oyó por primera vez, resumida por Margot. Thea había logrado echarle toda la culpa a la otra niña. Maquiavelo no lo hubiera hecho mejor.
-Lo que pasa es que ella no es una sinvergüenza-dijo Margot-. Además, puede jugar con Craig, así que no está sola.
Craig tenía diez años y vivía tres casas más allá. PeroTed no se dio cuenta al principio de que Craig estaba aislado, y por la misma razón. Una tarde, Ted observó cómo uno de los chicos de la urbanización hacía un gesto grosero, en ominoso silencio, al cruzarse con Craig por la acera.
-¡Gusano! -respondió Craig inmediatamente.
Luego echó a correr, por si el chico loperseguía, pero el otro se limitó a volverse y decir:
-¡Eres un mierda, igual que Thea!
No era la primera vez que Ted oía tales palabras en boca de los chicos, pero tampoco las oía con frecuencia y quedó impresionado.
-Pero, ¿qué hacen solos, Thea y Craig? -le preguntó a su mujer.
-Oh, dan paseos. No sé -dijo Margot-. Supongo que Craig está enamorado de ella.
Ted ya lo había pensado. Thea poseía una belleza de cromo que le garantizaría el éxito entre los muchachos cuando llegara a la adolescencia y, naturalmente, estaba empezando antes de tiempo. Ted no tenía ningún temor de que hiciera nada indecente, porque pertenecía al tipo de las provocativas y básicamente puritanas.
A lo que se dedicaban Thea y Craig por entonces era a observar la excavación de un refugio subterráneo con túnel y dos chimeneas en un solar a una milla de distancia aproximadamente. Thea y Craig iban allí en bicicleta, se ocultaban detrás de unos arbustos cercanos y espiaban riéndose por lo bajo. Más o menos una docena de los miembros de la pandilla estaban trabajando como peones, sacando cubos de tierra, recogiendo leña y preparando papas asadas con sal y mantequilla, punto culminante de todo esfuerzo, alrededor de las seis de la tarde. Thea y Craig tenían la intención de esperar hasta que la excavación y la decoración estuvieran terminadas y luego se proponían destruirlo todo.
Mientras tanto a Thea y a Craig se les ocurrió lo que ellos llamaban «un nuevo juego de pelota», que era su clave para decir una mala pasada. Enviaron una nota mecanografiada a la mayor bocazas de la escuela, Verónica, diciendo que una niña llamada Jennifer iba a dar una fiesta sorpresa por su cumpleaños en determinada fecha, y por favor, díselo a todo el mundo, pero no se lo digas a Jennifer. Supuestamente la carta era de la madre de Jennifer. Entonces Thea y Craig se escondieron detrás de los setos y observaron a sus compañeros del colegio presentándose en casa de Jennifer, algunos vestidos con sus mejores galas, casi todos llevando regalos, mientras Jennifer se sentía cada vez más violenta, de pie en la puerta de su casa, diciendo que ella no sabía nada de la fiesta. Como la familia de Jennifer tenía dinero, todos los chicos habían pensado pasar una tarde estupenda.
Cuando el túnel, la cueva, las chimeneas y las hornacinas para las velas estuvieron acabadas, Thea y Craig fingieron tener dolor de tripas un día, en sus respectivas casas, y no fueron al colegio. Por previo acuerdo se escaparon y se reunieron a las once de la mañana en sus bicicletas. Fueron al refugio y se pusieron a saltar al unísono sobre el techo del túnel hasta que se hundió. Entonces rompieron las chimeneas y esparcieron la leña tan cuidadosamente recogida. Incluso encontraron la reserva de papas y sal y la tiraron en el bosque. Luego regresaron a casa en sus bicicletas.
Dos días más tarde, un jueves que era día de clases, Craig fue encontrado a las cinco de la tarde detrás de unos olmos en el jardín de los Knobel, muerto a puñaladas que le atravesaban la garganta y el corazón. También tenía feas heridas en la cabeza, como si lohubiesen golpeado repetidamente con piedras ásperas. Las medidas de las puñaladas demostraron que se habían utilizado por lo menos siete cuchillos diferentes.
Ted se quedó profundamente impresionado. Para entonces ya se había enterado de lo del túnel y las chimeneas destruidas. Todo el mundo sabía que Thea y Craig habían faltado al colegio el martes en que había sido destrozado el túnel. Todo el mundo sabía que Thea y Craig estaban constantemente juntos. Ted temía por la vida de su hija. La policía no pudo acusar de la muerte de Craig a ninguno de los miembros de la pandilla, y tampoco podían juzgar por asesinato u homicidio a todo un grupo. La investigación se cerró con una advertencia a todos los padres de los niños del colegio.
-Sólo porque Craig y yo faltáramos al colegio ese mismo día no quiere decir que fuésemos juntos a romper ese estúpido túnel -le dijo Thea a una amiga de su madre, que era madre de uno de los miembros de la pandilla. Thea mentía como un consumado bribón. A un adulto le resultaba difícil desmentirla.
Así que para Thea la edad de las pandillas -a su modo- terminó con la muerte de Craig. Luego vinieron los novios y el coqueteo, oportunidades de traiciones y de intrigas, y un constante río, siempre cambiante, de jóvenes entre dieciséis y veinte años, algunos de los cuales no le duraron más de cinco días.
Dejemos a Thea a los quince años, sentada frente a un espejo, acicalándose. Se siente especialmente feliz esta noche porque su más próxima rival, una chica llamada Elizabeth, acaba de tener un accidente de coche y se ha roto la nariz y la mandíbula y sufre lesiones en un ojo, por lo que ya no volverá a ser la misma. Se acerca el verano, con todos esos bailes en las terrazas y fiestas en las piscinas. Incluso corre el rumor de que Elizabeth tendrá que ponerse la dentadura inferior postiza, de tantos dientes como se rompió, pero la lesión del ojo debe ser lo más visible. En cambio Thea escapará a todas las catástrofes. Hay una divinidad que protege a las perfectas señoritas como Thea.

28.4.11

Divina Comedia

Características

Dante Alighieri llamó sencillamente Commedia a su libro, pues, de acuerdo con el esquema clásico, no podía ser una tragedia, ya que su final es feliz.
El libro suele presentarse actualmente con un gran cuerpo de notas que ayudan a entender quiénes eran los personajes mencionados. Estos comentarios incluyen interpretaciones de las alegorías o significados místicos que contendría el texto, que otros prefieren leer como un relato literal. Esta tendencia se acentuó en el siglo XX entre los exégetas y críticos de La divina comedia, muchos de los cuales sostienen que Dante narró una historia en el mundo material de ultratumba tal como se lo concebía en su tiempo.
Por otro lado, La Divina Comedia es considerada como una de las obras maestras de la literatura italiana y literatura universal. Numerosos artistas de todos los tiempos crearon ilustraciones sobre ella; destacan Botticelli, Gustave Doré, Dalí, William Adolphe Bouguereau y recientemente Miquel Barceló. Dante Alighieri la escribió en el dialecto toscano, matriz del italiano actual el cual se usó entre los siglos XI y XII.

Estructura
Cada una de sus partes, o cánticas (Infierno, Purgatorio y Paraíso), está dividida en cantos, a su vez compuestos de tercetos.
El poema se ordena en función del simbolismo del número tres, que evoca la trinidad sagrada, el Padre, el Hijo y Espíritu Santo, el equilibrio y la estabilidad, y el triángulo. El poema cuenta con tres personajes principales, Dante, que personifica a la humanidad, Beatriz, que personifica la fe, y Virgilio, que hace otro tanto con la razón. La estrofa por su parte está compuesta por tres versos, y cada una de las cánticas cuenta con treinta y tres cantos. Dante también utiliza el número diez como cabalístico como número pitagórico, que vemos en los cien cantos de la comedia, compuestos por los treinta y tres de cada reino, más el de introducción. También se puede apreciar la importancia decimal en los diez niveles del infierno, que son nueve círculos más el anteinfierno, donde se encuentran los ignavi, es decir, los indiferentes.
La estructura matemática de la Divina comedia, por otra parte, es mucho más compleja de lo que aquí se esboza. El poema puede leerse según los cuatro significados que se atribuyen a los textos sagrados: literal, moral, alegórico y anagógico. En este poema, Dante hace gala además de un gran poder de síntesis que es característico de los grandes poetas.

Infierno
La primera parte narra el descenso del autor al Infierno, acompañado por el poeta latino Virgilio, autor de la Eneida, a quien Dante admiraba. Acompañado por su maestro y guía, describe al infierno que tenía una forma de un cono con la punta hacia abajo y los nueve círculos que poseía en los que son sometidos a castigo los condenados, según la gravedad de los pecados cometidos en vida, en el último círculo "judesco", Dante describe que había una especie de palacio en el cual se hallaban los que traicionaban a sus bienhechores y allí se encontraba Lucifer, él lo describe como un demonio de tres cabezas y dentro de la boca de la principal se hallaba Judas, al cual mordía con sus filosos colmillos como un juguete, mientras este gritaba de dolor.
Dante encuentra en el Infierno a muchos personajes antiguos, pero también de su época, y cada uno de ellos narra su historia brevemente a cambio de que Dante prometa mantener vivo su recuerdo en el mundo; cada castigo se ajusta a la naturaleza de su falta y se repite eternamente. Es particularmente recordada la historia de Paolo y Francesca, amantes adúlteros que se conocieron al leer en el libro de Lanzarote, los amores de la reina Ginebra y esta persona, que fue motivo de inspiración y homenaje por poetas románticos y contemporáneos, así como la historia del conde Ugolino da Pisa, el último viaje de Ulises, tránsito por el bosque de los suicidas, la travesía del desierto donde llueve el fuego y la llanura de hielo de los traidores, estos últimos, considerados los peores pecadores entre todos.

Purgatorio
En esta segunda parte, Dante y Virgilio atraviesan el Purgatorio, una montaña de cumbre plana y laderas escalonadas y redondas, simétricamente al Infierno. En cada escalón se redime un pecado, pero los que lo redimen están contentos porque poseen esperanza. Dante se va purificando de sus pecados en cada nivel porque un ángel en cada uno le va borrando una letra de una escritura que le han puesto encima. Allí encuentra a famosos poetas, entre ellos a Publio Papinio Estacio, autor de la Tebaida.

Esta parte comienza propiamente con la salida Infierno a través de la natural burella. Dante y Virgilio llegan así al hemisferio sur terrestre (que se creía por completo bajo las aguas), donde en medio de las aguas se halla la montaña del Purgatorio, creada con la tierra utilizada para crear el abismo del Infierno, cuando Lucifer fue expulsado del Paraíso tras rebelarse contra Dios. Tras salir del túnel llegan a una playa, donde encuentran a Catón el Joven, que se desempeña como guardián del Purgatorio. Teniendo que emprender el ascenso de la empinada montaña, que resulta imposible escalar, tanto es empinada, Dante le pregunta a algunas almas cuál es el pasaje más cercano; pertenecen al grupo de los negligentes, los muertos en estado de excomunión, que viven en el Antipurgatorio. Un personaje notable de este lugar es Manfredo de Sicilia. Junto a los que por pereza tardaron en arrepentirse, los muertos violentamente y a los principios negligentes, de hecho, esperan el tiempo de purificación necesario para poder acceder al Purgatorio propiamente dicho. En la entrada del valle donde se encuentran los principios negligentes, Dante, siguiendo las indicaciones de Virgilio, pide indicaciones a un alma que resulta ser el guardián del valle, un compatriota de Virgilio Sordello, que será su guía hasta la puerta del Purgatorio.
Tras llegar al final del Antipurgatorio, tras un valle florecido, los dos cruzan la puerta del Purgatorio, que custodia un ángel con una espada de fuego, que parece tener vida propia. Está precedido por tres jardines, el primero de mármol blanco, el segundo de una piedra oscura y el tercero y último de pórfido rojo. El ángel, sentado en el solio de diamante y apoyando los pies en el escalón rojo, marca siete "p" en la frente de Dante y abre la puerta con dos llaves, una de plata y otra de oro, que San Pedro le dio, y los dos poetas se adentran en el segundo reino.

Dante y la montaña del Purgatorio.
El Purgatorio se divide en siete cornisas, donde las almas expían sus pecados para purificarse antes de entrar al Paraíso. Al contrario del Infierno, donde los pecados se agravan a medida que se avanza en los círculos, en el Purgatorio la base de la montaña, es decir la cornisa I, alberga a quienes padecen las culpas más graves, mientras que en la cumbre, cerca del Edén, se encuentran los pecadores menos culpables. Las almas no son castigadas para siempre, ni por una sola culpa, como en el primer reino, pero expían una pena equivalente a los pecados durante la vida.
En la primera cornisa, Dante y Virgilio encuentran a los soberbios, en la segunda a los envidiosos, en la tercera a los iracundos, en la cuarta a los perezosos, en la quinta a los avaros y a los pródigos. En esta encuentran el alma de Cecilio Estacio tras un terremoto y un canto Gloria in excelsis Deo. En vida este personaje fue en exceso pródigo. Tras años de expiación siente el deseo los acompaña hasta la cumbre, a través de la sexta cornisa, donde expían sus culpas los golosos, que lucen delgadísimos, y la séptima, donde se encuentran los lujuriosos, envueltos en llamas. Dante recuerda que Estacio se convirtió gracias a Virgilio y a sus obras, en particular la Eneida y las Bucólicas, que le mostraron la importancia de la fe cristiana y el error de su vicio. En ese sentido, Virgilio lo iluminó permaneciendo él en la oscuridad. Virgilio fue un profeta sin saberlo, pues llevó a Estacio a la fe pero él, pudiendo tan solo entreverla, no pudo salvarse, y deberá habitar hasta la eternidad en el Limbo. En la séptima cornisa, los tres tienen que atravesar un muro de fuego, tras la cual hay una escalera, por la que se entra al Paraíso terrestre. Dante se muestra asustado y es confortado por Virgilio. Allí, donde vivieron Adán y Eva prima del pecado, Virgilio y Dante tienen que despedirse, porque el poeta latino no es digno de conducirlo en el Paraíso. Pero Beatriz sí.
Aquí Dante se encuentra con Santa Matilde, la personificación de la felicidad perfecta, precedente al pecado original, que le muestra los dos ríos, Lete, que hace olvidar los pecados, y Eunoe, que devuelve la memoria del bien realizado, y se ofrece a reunirlo con Beatriz, que pronto llegará. Beatriz le llama severamente la atención a Dante y después le propone verla sin el velo. El poeta, por su parte, busca a su maestro Virgilio, que ya no se encuentra con él. Tras beber las aguas del Lete y del Eunoe, que hacen olvidar las cosas malas y recordar las buenas, el poeta sigue a Beatriz hacia el tercer y último reino, el del Paraíso.

Paraíso
Libre de todo pecado, Dante puede ascender al Paraíso, lo que hace junto a Beatriz en condiciones que desafían las leyes físicas, encadenando milagros, lo cual es más bien natural dado el lugar en el cual se desarrolla el poema. Dentro del recorrido será de hecho de gran importancia que el nombre de Beatriz signifique "dadora de felicidad" y "beatificadora", pues en esta sección de la Comedia ella releva a Virgilio en la función de guía. En efecto, a través de este personaje, el autor expresa en los treinta y tres cantos de la sección varios razonamientos teológicos y filosóficos de gran sutileza.
Sin embargo, el poeta expresa desde un principio la gran dificultad que significa transmitir el recorrido emocional y físico de trashumanar, es decir ir más allá de las condiciones de la vida terrena. Sin embargo, confía en el apoyo del Espíritu Santo (el buen Apolo) y en el hecho de que pese a sus falencias, su esfuerzo descriptivo será emulado y continuado por otros (canto I, 34). En la introducción del canto II, el autor reitera que para entender las alegorías de la obra es indispensable tener de antemano muy amplios conocimientos en las materias que se van a tratar (II, 1-15).
El Paraíso está compuesto por nueve círculos concéntricos, en cuyo centro se encuentra la tierra. En cada uno de estos cielos, en donde se encuentra cada uno de los planetas, se encuentran los beatos, más cercanos a Dios en función de su grado de beatitud. Pero las almas del Paraíso no están mejor unas que otras, y ninguna desea encontrarse en mejores condiciones que las que le corresponden, pues la caridad no permite desear más que lo que se tiene (II, 70-87). De hecho, a cada alma al nacer Dios le dio cierta cantidad de gracia según criterios insondables, en función de los cuales gozan aquellas de los diferentes grados de beatitud. Antes de llegar al primer cielo el poeta y Beatriz atraviesan la Esfera de fuego.
En el primer cielo, que es el de la Luna, se encuentran quienes no cumplieron con sus promesas (Angeli), como la madre de Federico II, Constanza I de Sicilia. En el segundo, el de Mercurio, residen quienes hicieron el bien para obtener gloria y fama, pero no dirigiéndose al bien divino (Arcangeli). En el tercero, de Venus, se encuentran las almas de los "espítitus amantes" (Principati). En el cuarto, del Sol, los "espíritus sabios" (Potestà). En el quinto, de Marte, los "espíritus militantes" de los combatientes por la fe (Virtù). En el sexto, de Júpiter, los "espíritus gobernantes justos" (Dominazioni).
En el séptimo cielo, de Saturno, de los "espíritus contemplativos" (Troni), Beatriz deja de sonreír, como lo había hecho hasta entonces. Desde ese punto en adelante su sonrisa desaparece, pues por la cercanía de Dios su luminosidad resultaría imposible de contemplar. En este último cielo residen los "espíritus contemplativos". Desde allí Beatriz eleva a Dante hasta el cielo del las estrellas fijas, donde no están más repartidos los beatos, sino las "almas triunfantes", que cantan en honor a Cristo y María, a quien Dante alcanza a ver. Desde ese cielo, además, el poeta observa el mondo debajo de sí, los siete planetas, sus movimientos, y la Tierra, muy pequeña e insignificante en comparación con la grandeza de Dios (Cherubini). Antes de continuar Dante debe sostener una especie de "examen" de Fe, Esperanza, Caridad, por parte de tres profesores particulares: San Pedro, Santiago y San Juan. Por lo tanto, después de un último vistazo al planeta, Dante y Beatriz ascendieron al cielo, el Primo Mobile o Cristallino, el cielo más externo, origen del movimiento y del tiempo universal (Serafini).
En este lugar, tras levantar la mirada, Dante ve un punto muy luminoso, rodeado por nueve cículos de fuego, girando alrededor de ella; el punto, explica Beatriz, es Dios, y a su alrededor se mueven los nueve coros angelicales, divididos por cantidad de virtud. Superado el último cielo, los dos ascienden a el Empíreo, donde se encuentra la "rosa de los beatos", una estructura en forma de anfiteatro, en el cual, sobre la grada más alta está la Vírgen María. Aquí, en la inmensa multitud de los beatos, están los más grandes de los santos y las figuras más importantes de la Biblia, como San Agustín, San Benito de Nursia, San Francisco, y también Eva, Raquel, Sara y Rebeca.
Desde aquí Dante observa finalmente la luz de Dios, gracias a la intervención de María a la cual San Bernardo (guía de Dante de la última parte del viaje) había pedido ayuda para que Dante pudiese ver a Dios y sostener la visión de lo divino, penetrándola con la mirada hasta que se une con él, y viendo así la perfecta unión de toda la realidad, la explicación de toda la grandeza. En el punto más central de esa gran luz Dante ve tres círculos, las tres personas de la Trinidad, el segundo del cual tiene imagen humana, signo de la naturaleza humana, y divina al mismo tiempo, de Cristo. Cuando trata de penetrar aún más el misterio su intelecto flaquea, pero en un excessus mentis1 su alma es tomada por la iluminación, la armonía que se da la visión de Dios, en el canto XXXIII (145), del amor que mueve el sol y las otras estrellas (L'amor che move el sole e l'altre stelle).

25.3.11

Decamerón

El Decamerón (Decameron, en italiano) es un libro constituido por cien cuentos, algunos de ellos novelas cortas, terminado por Giovanni Boccaccio en 1351, alrededor de tres temas: el amor, la inteligencia humana y la fortuna.
Para engarzar estas cien historias, Boccaccio estableció un marco de referencia narrativo. La obra comienza con una descripción de la peste bubónica (la epidemia de peste negra que golpeó a Florencia en 1348), lo que da motivo a que un grupo de diez jóvenes, siete mujeres y tres hombres que huyen de la plaga, se refugien en una villa en las afueras de Florencia.
Con el fin de entretenerse, cada miembro del grupo cuenta una historia por cada una de las diez noches que pasan en la villa, lo que da nombre en griego al libro: déka 'diez' y hēmérai 'días'. Además, cada uno de los diez personajes se nombra jefe del grupo cada uno de los diez días alternadamente. Cada día, a excepción del primero y noveno en que los cuentos son de tema libre, uno de los jóvenes es nombrado «rey» y decide el tema sobre el que versarán los cuentos.


Primera jornada
NOVELA CUARTA
Un monje, caído en pecado digno de castigo gravísimo, se libra de la pena reprendiendo discretamente a su abad de aquella misma culpa .


Ya se calla Filomena, liberada de su historia, cuando Dioneo, que junto a ella estaba sentado, sin esperar de la reina otro mandato, conociendo ya por el orden comenzado que a él le tocaba tener que hablar, de tal guisa comenzó a decir:
Amorosas señoras, si he entendido bien la intención de todas, estamos aquí para complacernos a nosotros mismos novelando, y por ello, tan sólo porque contra esto no se vaya, estimo que a cada uno debe serle lícito (y así dijo nuestra reina, hace poco, que era) contar aquella historia que más crea que pueda divertir; por lo que, habiendo escuchado cómo por los buenos consejos de Giannotto de Civigní salvó su alma el judío Abraham y cómo por su prudencia defendió Melquisidech sus riquezas de las asechanzas de Saladino, sin esperar que me reprendáis, entiendo contar brevemente con qué destreza libró su cuerpo un monje de gravísimo castigo.
Hubo en Lunigiana, pueblo no muy lejano de éste, un monasterio más copioso en santidad y en monjes de lo que lo es hoy, en el que, entre otros, había un monje joven cuyo vigor y vivacidad ni los ayunos ni las vigilias podían macerar. El cual, por acaso, un día hacia el mediodía, cuando los otros monjes dormían todos, habiendo salido solo por los alrededores de su iglesia, que estaba en un lugar asaz solitario, alcanzó a ver a una jovencita harto hermosa, hija tal vez de alguno de los labradores de la comarca, que andaba por los campos cogiendo ciertas hierbas: no bien la había visto cuando fue fieramente asaltado por la concupiscencia carnal.
Por lo que, avecinándose, con ella trabó conversación y tanto anduvo de una palabra en otra que se puso de acuerdo con ella y se la llevó a su celda sin que nadie se apercibiese. Y mientras él, transportado por el excesivo deseo, menos cautamente jugueteaba con ella, sucedió que el abad, levantándose de dormir y pasando silenciosamente por delante de su celda, oyó el alboroto que hacían los dos juntos; y para conocer mejor las voces se acercó quedamente a la puerta de la celda a escuchar y claramente conoció que dentro había una mujer, y estuvo tentado a hacerse abrir; luego pensó que convendría tratar aquello de otra manera y, vuelto a su alcoba, esperó a que el monje saliera fuera. El monje, aunque con grandísimo placer y deleite estuviera ocupado con aquella joven, no dejaba sin embargo de estar temeroso y, pareciéndole haber oído algún arrastrar de pies por el dormitorio, acercó el ojo a un pequeño agujero y vio clarísimamente al abad escuchándole y comprendió muy bien que el abad había podido oír que la joven estaba en su celda. De lo que, sabiendo que de ello debía seguirle un gran castigo, se sintió desmesuradamente pesaroso; pero sin querer mostrar a la joven nada de su desazón, rápidamente imaginó muchas cosas buscando hallar alguna que le fuera salutífera. Y se le ocurrió una nueva malicia (que el fin imaginado por él consiguió certeramente) y fingiendo que le parecía haber estado bastante con aquella joven le dijo:
-Voy a salir a buscar la manera en que salgas de aquí dentro sin ser vista, y para ello quédate en silencio hasta que vuelva.
Y saliendo y cerrando la celda con llave, se fue directamente a la cámara del abad, y dándosela, tal como todos los monjes hacían cuando salían, le dijo con rostro tranquilo: -Señor, yo no pude esta mañana traer toda la leña que había cortado, y por ello, con vuestra licencia, quiero ir al bosque y traerla.
El abad, para poder informarse más plenamente de la falta cometida por él, pensando que no se había dado cuenta de que había sido visto, se alegró con tal ocasión y de buena gana tomó la llave y semejantemente le dio licencia. Y después de verlo irse empezó a pensar qué era mejor hacer: o en presencia de todos los monjes abrir la celda de aquél y hacerles ver su falta para que no hubiese ocasión de que murmurasen contra él cuando castigase al monje, o primero oír de él cómo había sido aquel asunto. Y pensando para sí que aquélla podría ser tal mujer o hija de tal hombre a quien él no quisiera hacer pasar la vergüenza de mostrarla a todos los monjes, pensó que primero vería quién era y tomaría después partido; y quedamente yendo a la celda, la abrió, entró dentro, y volvió a cerrar la puerta. La joven, viendo venir al abad, palideció toda, y temblando empezó a llorar de vergüenza. El señor abad, que le había echado la vista encima y la veía hermosa y fresca, aunque él fuese viejo, sintió súbitamente no menos abrasadores los estímulos de la carne que los había sentido su joven monje, y para sí empezó a decir:
«Bah, ¿por qué no tomar yo del placer cuanto pueda, si el desagrado y el dolor aunque no los quiera, me están esperando? Ésta es una hermosa joven, y está aquí donde nadie en el mundo lo sabe; si la puedo traer a hacer mi gusto no sé por qué no habría de hacerlo. ¿Quién va a saberlo? Nadie lo sabrá nunca, y el pecado tapado está medio perdonado. Un caso así no me sucederá tal vez nunca más. Pienso que es de sabios tomar el bien que Dios nos manda».
Y así diciendo, y habiendo del todo cambiado el propósito que allí le había llevado, acercándose más a la joven, suavemente comenzó a consolarla y a rogarle que no llorase; y de una palabra en otra yendo, llegó a manifestarle su deseo. La joven, que no era de hierro ni de diamante, con bastante facilidad se plegó a los gustos del abad: el cual, después de abrazarla y besarla muchas veces, subiéndose a la cama del monje, y en consideración tal vez del grave peso de su dignidad y la tierna edad de la joven, temiendo tal vez ofenderla con demasiada gravedad, no se puso sobre el pecho de ella sino que la puso a ella sobre su pecho y por largo espacio se solazó con ella.
El monje, que había fingido irse al bosque, habiéndose ocultado en el dormitorio, como vio al abad solo entrar en su celda, casi por completo tranquilizado, juzgó que su estratagema debía surtir efecto; y, viéndole encerrarse dentro, lo tuvo por certísimo. Y saliendo de donde estaba, calladamente fue hasta un agujero por donde lo que el abad hizo o dijo lo oyó y lo vio. Pareciéndole al abad que se había demorado bastante con la jovencita, encerrándola en la celda, se volvió a su alcoba; y luego de algún tiempo, oyendo al monje y creyendo que volvía del bosque, pensó en reprenderlo duramente y hacerlo encarcelar para poseer él solo la ganada presa; y haciéndolo llamar, duramente y con mala cara le reprendió, y mandó que lo llevaran a la cárcel. El monje prestísimamente respondió:
-Señor, yo no he estado todavía tanto en la orden de San Benito que pueda haber aprendido todas sus reglas; y vos aún no me habíais mostrado que los monjes deben acordar tanta preeminencia a las mujeres como a los ayunos y las vigilias; pero ahora que me lo habéis mostrado, os prometo, si me perdonáis esta vez, no pecar más por esto y hacer siempre como os he visto a vos. El abad, que era hombre avisado, entendió prestamente que aquél no sólo sabía su hecho sino que lo había visto, por lo que, sintiendo remordimientos de su misma culpa, se avergonzó de hacerle al monje lo que él también había merecido; y perdonándole e imponiéndole silencio sobre lo que había visto, con toda discreción sacaron a la jovencita de allí, y aún debe creerse que más veces la hicieron volver.

16.3.11

Héctor y Aquiles. La Ilíada.

Hace nueve largos años que el ejército griego acampa, junto a sus negras naves, frente a las murallas de Troya. Durante tanto tiempo sobre la franja de tierra que se extiende entre las murallas y el mar se han desarrollado centenares de combates, donde se han mezclado héroes y dioses, sin que la victoria acabe de decidirse por unos ni por otros.

Fuertes son los griegos de largas cabelleras; los dirige Agamenón, rey de hombres, y a su lado combaten los más brillantes héroes de las islas: el gran Diomedes, de indomable valor; el gigantesco Ayax, de ancho escudo; el prudente Ulises, rico en sabiduría, y el héroe de los héroes, Aquiles, el de los pies ligeros, hijo de una diosa del mar, que al nacer lo bañó en fuego celeste, haciendo su cuerpo invulnerable al hierro, excepto el talón por donde le tenía cogido al sumergirle en el baño.

Pero fuertes son también los troyanos, de tremolantes cascos, endurecidos en el largo asedio. El venerable Príamo, de barba blanca, es su rey. Con ellos combaten el divino Eneas, que ha de fundar el más vasto imperio del mundo, y los hijos de Príamo: Paris, el más bello de los hombres, y Héctor, domador de caballos, el héroe amado de su pueblo, cuya poderosa lanza ha sostenido la esperanza de los troyanos durante los nueve años de lucha.

Los dioses olímpicos también toman parte en el combate, protegiendo con su invisible poder a uno y otro campo. Minerva, la de los ojos claros, diosa de la sabiduría, y Juno, reina del nevado Olimpo, combaten al lado de los griegos. La blanca Venus, diosa del amor, y el fiero Marte, dios de la guerra, pelean al lado de los troyanos.

La belleza de una mujer es la causa de tan cruel guerra. Helena se llama, esposa de Menelao, rey de Esparta, la cual fué raptada de su patria por el amor de Paris, el brillante príncipe troyano, y permanece a su lado tejiendo tapices de púrpura en el palacio de Príamo.

Hombres y dioses luchan día tras días frente a los muros de Troya, y la victoria no acaba de decidirse. Hambrientos y tristes están los troyanos, llorando el infortunio que la belleza de helena ha traído sobre la ciudad. Y cansados de la inútil lucha están también los griegos, que acampan junto a sus negras naves de corva proa, cuyos maderos y cordajes se pudren carcomidos de algas y agua salada.

Un día el rey Agamenón injurió gravemente al héroe más valiente de sus ejércitos, al terrible Aquiles, arrebatándole una hermosa esclava ganada como botín en la batalla. Ante tal injuria la cólera del héroe se desató imponente y habló así al orgulloso rey:

- ¡Tu codicia te perderá, rey Agamenón, corazón de ciervo! Por vengar a tu familia, ultrajada por el rapto de la bella Helena, abandoné mi patria y combatí a tu lado. Pero si este es el trato que das a tus valientes, yo te abandono a tus fuerzas. Ni yo ni mis esforzados mirmidones pelearemos más junto a ti. Por este mi cetro, que antes fué árbol, lo juro; tan cierto como él no volverá a ser verde ni a dar hojas ni frutos, tus griegos han de acordarse de mi cuando yo no luche a su lado y caigan a centenares bajo el hierro de Héctor, el temido héroe de Troya.

Así habló Aquiles, el de los pies ligeros, golpeando furioso la tierra con su fuerte cetro remachado con clavos de oro. Y dicho esto se retiró a su tienda de troncos de abeto, adornada de escudos y pieles, y maldiciendo del rey comenzó a despojarse de su brillante armadura, arrojó su pesado escudo y su larga lanza de bronce, y lloró a su bella esclava con lágrimas amargas, pidiendo venganza a los dioses.

Al saberse estas noticias, el júbilo y la esperanza cundieron entre las filas troyanas, al mismo tiempo que el desaliento se apoderaba de los griegos, abandonados por el más grande de sus héroes. Muchos pensaron que allí era acabada la guerra, y ardiendo en deseos de regresar a sus hogares corrieron apresuradamente hacia las cóncavas naves, varadas en la orilla, dispuestos a botarlas al mar para partir.

Pero el prudente Ulises, empuñando el cetro de Agamenón, pastor de hombres, y arrojando al suelo su manto, corrió hacia las naves clamando:

- ¡Deteneos, héroes y príncipes de Grecia! ¿Qué desaliento o qué miedo puede impulsaros a abandonar así, como medrosas mujeres, el lugar donde tantos hermanos vuestros han perecido? El triunfo será nuestro al fin y en bien corto plazo. Un portento nos lo anunció cuando emprendimos el camino de Troya. Recordadlo: bajo un árbol hacíamos libaciones y sacrificios a los dioses, implorando su apoyo. De pronto un dragón rojo salió del altar y saltó al árbol, donde había un nido de gorriones con ocho crías. La madre piaba angustiada sobre ellos, y el dragón devoró, uno tras otro, a los ocho polluelos y a la madre, quedando luego convertido en piedra. Esto quería decir el prodigio: lo mismo que el dragón devoró entre gemidos a los nueve pájaros, nosotros lucharemos con dolor nueve años. Al cabo de este tiempo el triunfo será nuestro y Troya será destruida. Recordadlo y empuñad nuevamente las armas, héroes de Grecia. El triunfo será nuestro; el noveno año del ascedio va a cumplirse.

Dijo el prudente Ulises, y sus palabras fueron acogidas con aclamaciones por los griegos, que, abandonando de nuevo las naves de corva proa, vuelven al campamento, empuñando sus lanzas y disponiendo para el combate los ágiles caballos y los carros sonoros.

Aquel día fué pródigo en hazañas por una y otra parte y rico en sangre de valientes. Abrazados y revueltos yacían por tierra amigos y enemigos.

Paris, el raptor de la bella Helena, culpable de la guerra, peleaba entre sus enardecidos troyanos, hermoso como un dios. De sus hombros colgaba una piel de leopardo, ceñían sus piernas fuertes grebas con hebillas de plata, su casco tremolaba al viento las largas crines y blandía en sus manos dos afiladas lanzas de bronce.

Al verle en el campo, Menelao, el esposo de la bella Helena, se lanzó hacia él, sediento de venganza, como el león contra el ciervo de enramadas astas. Pero la blanca Venus, viendo el peligro a Paris, su héroe predilecto, lo envolvió en una espesa nube, escondiéndole a los ojos de su adversario, al mismo tiempo que la flecha de un arquero hería a traición a Menelao.

Héctor, el del tremolante casco, el fuerte domador de caballos, orgullo y sostén de Troya, sembraba el espanto entre las filas griegas. Nadie podía resistir su empuje, semejante al del huracán en el bosque, y su hermano Paris, enardecido por la presencia del héroe, también luchaba esforzadamente a su lado.

Tal era el ardor de Héctor, que Minerva, la de los ojos claros, tuvo miedo de que su brazo decidiera en aquel día la victoria, y para evitarlo infundió en su corazón una loca soberbia, que le llevó a suspender la batalla, desafiando a los héroes griegos a luchar contra él solo, uno por uno.

Héctor dirigió a sus enemigos estas aladas palabras:

-Si vuestro campeón me vence en lucha leal, sean suyas mis armas, y entregue mi cadáver a los míos para que le hagan los honores fúnebres. Yo prometo hacer lo mismo si el triunfo es mío.

Un gran silencio reinó entre los griegos. Ante sus nobles palabras todos sentían vergüenza de rechazar el desafío; pero pocos se atrevían a aceptarlo.

Agamenón convocó a sus héroes, y nueve se adelantaron a luchar contra Héctor. Echadas las suertes, fué designado el gigantesco Ayax; el cual, orgulloso de pelear con tan esclarecido guerrero, avanzó hacia Héctor, guardándose detrás de su inmenso escudo.

Héctor arrojó su larga lanza de bronce, atravesando el escudo de Ayax; pero la afilada punta no llegó a la carne. Entonces el gigante lanzó la suya con vigoroso impulso, y atravesó el escudo de Héctor y la coraza, rasgándole la túnica y haciendo saltar la negra sangre. Pero no por eso se retiró Héctor del combate; sus manos cogieron un peñasco y lo lanzaron violentamente contra el escucho de Ayax, que resonó al fuerte golpe como un trueno. Luego desenvainaron las espadas, y acercándose uno a otro se disponían a seguir con ellas la lucha. Pero la noche venía encima y los heraldos suspendieron el combate, reconociendo el valor igual de griegos y troyanos. Entonces Héctor pronunció estas nobles palabras:

-Suspendamos, pues, el combate, ya que la noche se acerca. Pero separémonos como enemigos leales, haciéndonos ricos presentes, para que los tiempos venideros puedan decir en justicia que Héctor y Ayax han sabido pelear como leones y tratarse en la tregua con lealtad.

Y acercándose uno a otro, Héctor regaló a Ayax su espada guarnecida con clavos de plata. Ayax regaló a Héctor su tahalí de púrpura.

Desde que Aquiles, el de los pies ligeros, se retiró colérico a su tienda, los héroes griegos mueren a centenares delante de Héctor, y los troyanos se crecen día por día, a pesar de las portentosas hazañas del gran Diomedes y la fuerza del gigantesco Ayax y el valor del prudente Ulises, que habían jurado no regresar a su patria hasta que en Troya no quedase piedra sobre piedra.

Agamenón, rey de hombres, comprende al fin que el triunfo no estará de su parte mientras el terrible Aquiles no vuelva a combatir en sus filas. Y abatiendo su orgullo, decide ofrecerle nuevamente su amistad, devolviéndole la bella esclava que le arrebató y el regalo de sus carros de guerra, sus tesoros y lo mejor del botín que se tome el día en que en las murallas de Troya se rindan. Ayax y Ulises van a la tienda del héroe a llevar este mensaje, precedidos de dos heraldos.

A la puerta de su tienda de ramas de abeto encuentran al divino Aquiles, cantando antiguas hazañas de guerra al son de una lira de plata. Su fiel amigo Patroclo le escucha en silencio, tendido a su lado en el suelo. El héroe recibe a los mensajeros, ofreciéndoles las libaciones y los manjares de la hospitalidad. Después escucha el mensaje de Agamenón, y sin ceder en su cólera responde estas orgullosas palabras:

-Los presentes de Agamenón me son odiosos. Soy tan poderoso como él, y para nada quiero la amistad de su corazón cobarde. Nada haré en favor de los griegos hasta que los troyanos lleguen en su victoria hasta la puerta misma de mi tienda. ¡Pero ay de Troya ese día!

Con estas palabras los mensajeros se retiraron llenos de tristeza a la tienda de Agamenón, rey de hombres.

Triste amaneció hoy el día para los griegos. El gran Diomedes, el prudente Ulises y el mismo Agamenén están heridos por la flecha y la pica. A su alrededor caen amontonados los mejores soldados de Grecia, y los troyanos, guiados por el tremolante penacho de Héctor, llegan ya hasta las mismas naves, lanzando teas ardientes para incendiarias.

Patroclo, conmovido ante el dolor de sus amigos, penetra en la tienda de Aquiles, que escucha impasible el fragor del combate. Y derramando ardientes lágrimas le habla estas aladas palabras:

- ¡Mal empleas tu valor, cruel Aquiles, cruzándote de brazos ante el dolor de los nuestros! Sólo la roca y el mar han podido engendrar tu duro corazón. Los mejores de nuestros héroes están heridos por la aguda flecha y la afilada lanza. Sólo Ayax resiste aún desde las naves, mientras los otros se revuelcan de terror ante Héctor, matador de hombres. Queda tú en la tienda si quieres cumplir tu palabra hasta el fin. Pero déjame a mí tus armas y tu carro; yo me presentaré con ellos en el combate, y los troyanos, confundiéndome contigo, retrocederán ante tu espada.

Dijo, y Aquiles, conmovido por el dolor de su fiel amigo, accedió a ello, entregándole no sólo sus armas, sino también el mando de sus hombres, los terribles mirmidones, que, lanzando gritos de júbilo, se aprestan al combate.

Patroclo toma las armas de Aquiles. Ajústase a las piernas sus grebas de broches de plata, protege su pecho con la labrada coraza, cuelga de su hombro la fuerte espada guarnecida de clavos de plata, embraza el ancho escudo y cubre su cabeza con el brillante casco, empenachado de largas crines de caballo. Sólo deja la poderosa lanza, que nadie más que Aquiles puede manejar. Y así armado, en el veloz carro de inmortales caballos, se lanza al combate seguido por los terribles mirmidones, a tiempo que en las naves griegas comienza a prender el incendio.

Al divisar el carro y las armas de Aquiles, el terror se apodera de los troyanos, que comienzan a huir en todas direcciones, retirándose de las naves y acogiéndose al amparo de las murallas.

Héctor, temblando de cólera, grita y combate animando a los suyos y conteniendo el ímpetu de los mirmidones con su lanza de bronce y su fuerte escudo guarnecido de pieles de toro.

El carro de Patroclo atropella a los que huyen; sus gritos y su lanza siembran la confusión en torno suyo. Los caballos troyanos, desuncidos, relinchan y galopan desbocados, como los torrentes que se despeñan bramando por las montañas cuando la tempestad descarga su lluvia sobre la negra tierra,

Sólo un héroe troyano se atreve a hacer frente a Patroclo, y cae desplomado bajo su lanza como la encina que se corta en el monte para tallar un mástil de navío.

Corto y brillante es el triunfo del héroe, que llega en su empuje hasta las mismas murallas. Un venablo le hiere, y las manos de los dioses desatan las correas de su armadura.

Por fin, el carro de Patroclo y el de Héctor se encuentran, y ambos se miran como el león y el jabalí que en la montaña se disputan un manantial. Pero Patroclo está herido: sus ojos se ciegan y el casco rueda de su cabeza. Así va a caer, desarmado, ante la lanza de Héctor, que se hunde en su carne. Patroclo, derribado en el suelo, pronuncia estas amargas palabras:

-No te alabes de mi muerte, orgulloso Héctor, que desarmado llegué a tus manos. Tampoco tú vivirás largo tiempo.

Así dijo, y la muerte le cubrió con su manto.

Cuando Aquiles supo por un heraldo la muerte de Patroclo, un gran grito de dolor estalló en su corazón. Derramó con ambas manos ceniza sobre su cabeza y se tendió llorando sobre el polvo.

Los mirmidones llevaron hasta su tienda el cadáver del héroe. Iba desnudo, porque Héctor, al vencerle, se apoderó, como botín, de su brillante armadura. Aquiles lloró, poniendo sus manos sobre el pecho del amigo. Mandó poner al fuego un gran trípode para calentar agua con que lavar la sangre. Lavó el cadáver y lo ungió con aceite. Después, colocándolo sobre el lecho, lo envolvió con una fina tela de hilo. Y toda la noche la pasó a su lado.

Al día siguiente, furioso y terrible como nunca, el divino Aquiles, resplandeciente de nuevas armas fabricadas por los dioses, entraba en la batalla para vengar la muerte de su amigo.

El hermoso Héctor, domador de caballos, acudía al palacio de Príamo para despedirse de su esposa y de su hijo. Los ancianos y las mujeres lloraban, presintiendo un día de desgracia para los suyos. También lloraba la hermosa Helena por la suerte de Héctor, el único héroe que aún no la odiaba por la desgracia que su funesta belleza había traído sobre Troya.

Pero Andrómaca, la esposa de Héctor, no estaba en el palacio bordando tapices en medio de sus esclavas, sino que desde las altas murallas, con su hijo en brazos, miraba ansiosa hacia el campo de batalla.

Al encontrarse los esposos se abrazaron tiernamente. Héctor fué a besar a su hijo, pero el niño, asustado por el brillo de las armas y el tremolante penacho de crin de caballo, rompió a llorar de miedo, ocultando su cabeza contra el pecho de su madre. Entonces, olvidados por un momento del horror de la batalla, los esposos rieron, abrazados sobre el cuerpo del pequeñuelo.

Héctor se quitó el casco de largas crines, que dejó en el suelo, y tomó en sus brazos al niño, besándole con ternura. Andrómaca, sonriendo en medio de sus lágrimas, miraba a su brillante esposo y al niño, tan pequeño en sus brazos, mientras al otro lado de la muralla corría la sangre de los héroes.

- ¡Desdichado Héctor, esposo mío! -clamaba Andrómaca-. No te atrevas a luchar con el terrible rey de los mirmidones. Aquiles mató a mi padre en el sitio de Tebas, y mis siete hermanos han perecido tanibién al empuje de su fuerte lanza. Ten compasión de tu esposa y de tu hijo, noble Héctor. No salgas hoy al combate; no te enfrentes con el invulnerable Aquiles, protegido de los dioses.

-Por la gloria de mi padre y de Troya -respondió Héctor-, no puedo retroceder ante Aquiles. Presiento que el fin de nuestra ciudad se acerca. Entonces nuestras mujeres serán condenadas a la esclavitud y nuestros guerreros serán pasto de los perros junto a las cóncavas naves. ¡Cierre la negra muerte mis ojos antes de presenciar tanta desdicha!

Y así diciendo, Héctor se cubrió nuevamente con su casco, y dando el último adiós a Andrómaca y a su hijo se alejó hacia el campo de batalla.

Muchos guerreros han perecido ya bajo la lanza del terrible Aquiles. Tantos, que las aguas del río Escamandro, que desemboca junto a las naves, se desbordan llenas de sangre. El héroe huye del río desbordado y llega, acorralando a los troyanos, hasta las mismas murallas. Allí sus ojos se encuentran con los de Héctor, y Aquiles lanza un alarido de júbilo al ver al matador de Patroclo. Su lanza es semejante al rayo; su escudo de cinco capas, de oro y bronce, con abrazaderas de plata, relumbra al sol, y su aspecto sólo es comparable al de Marte, dios de las batallas.

Héctor siente desfallecer su fuerte corazón ante el aspecto terrible y deslumbrante del héroe griego. Da unos pasos atrás, cegado por su esplendor; pero Minerva, la diosa de los ojos claros, queriendo perderle, se presenta a él revistiendo la forma de su hermano y le dice estas palabras:

-Animo, mi buen hermano. Luchemos juntos contra Aquiles.

Héctor, confortado por la presencia de su hermano, hace frente al héroe divino, y antes de trabar combate le habla estas aladas palabras

-Escúchame, brillante Aquiles. Uno de los dos ha de morir aquí. Si la victoria es mía, te despojaré de tus armas, pero no insultaré tu cadáver, que entregaré a los tuyos para que lo lloren. Prométeme tú lo mismo y sean los dioses testigos de nuestro pacto.

Pero, mirándole con torva faz, respondió Aquiles. el de los pies ligeros:

-No me hables, Héctor, de pactos que no pueden existir entre tú y yo, como no existen entre los leones y los hombres, ni entre los lobos y los corderos. Tú morirás hoy bajo mi lanza y los perros y los buitres destrozarán ignominiosamente tu cadáver, que arrastraré tres veces alrededor de la tumba de Patroclo.

Y así diciendo, arrojó con vigoroso impulso su larga lanza; pero Héctor se inclinó a tiempo, y la lanza de Aquiles se clavó temblando a su lado en el suelo. Minerva la recogió y se la devolvió a Aquiles sin que Héctor se diera cuenta.

El troyano lanzó la suya, que se clavó en el escudo del mirmidón, sin alcanzar a herirle. Volvióse a su hermano para pedirle una nueva lanza, pero su hermano había desaparecido. Entonces comprendió Héctor que todo había sido un engaño de los dioses, y que la hora de su muerte se acercaba. Y dispuesto a morir, empuñó su fuerte espada y se arrojó sobre Aquiles como el águila se lanza impetuosa desde las nubes sobre su presa en la llanura.

Pero Aquiles le esperaba a pie firme, y por las junturas de la coraza le hundió su larga lanza en la garganta. Así cayó Héctor, arañando con sus manos el polvo. Y habló al vencedor con apagada voz:

-Por tus padres te lo ruego, divino Aquiles: respeta mi cadáver, entrégalo a los míos y que los troyanos lo lloren en mi ciudad.

Dicho esto, la muerte le cubrió con su manto. Y su alma abandonó los miembros, llorando porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven.

Pero Aquiles no quiso escuchar su ruego. Le despojó de la ensangrentada armadura y llamó a los griegos, que acudieron, hiriendo todos el cadáver. Después, con tiras de piel de buey, le ataron por los pies al carro del vencedor y le arrastraron hasta las naves, chocando su cabeza contra el suelo y esparcida por el polvo su larga cabellera.

Desde las murallas, Andrómaca y sus padres contemplaban el horrible espectáculo, desganando sus vestiduras y llorando lágrimas desesperadas.

Muchos días lloró aún Aquiles la muerte de su amigo Patroclo, insultando el cadáver de Héctor. Pero los dioses, compadecidos del héroe vencido, cuidaban de noche su cuerpo, lavándolo y cerrando sus heridas.

Por fin, una noche hasta la tienda de Aquiles llegó el venerable Príamo, pastor de hombres y padre de Héctor. Y arrojándose a los pies del héroe abrazó sus rodillas y besó sus manos, suplicándole:

- ¡Apiádate de mi vejez, oh poderoso Aquiles! Acuérdate de tu padre, que tiene la misma edad que yo, y conmuévate el dolor de un anciano. He engendrado muchos hijos valientes, que han muerto defendiendo a su ciudad, y el más hermoso de todos, mi querido Héctor, gloria y sostén de Troya, yace aquí, insepulto, como un perro, junto a tus naves. Devuélveme su cuerpo para que los troyanos lo lloren, rindiéndole el culto debido a los héroes. Apiádate de mí, que por amor de Héctor he hecho lo que ningún otro hombre se atrevería a hacer en la tierra: besar las manos del matador de mi hijo.

Estas palabras conmovieron a Aquiles. Y el cadáver de Héctor, envuelto en una valisosa túnica, fué al fin devuelto a Troya.

Los troyanos lloraron a gritos, por espacio de nueve días, sobre el cuerpo destrozado del héroe, cuya cabeza besaba Andrómaca desesperadamente.

Sobre una inmensa pira, en el campo de batalla, colocaron el cuerpo querido, prendiendo fuego a la leña. Apagaron luego con negro vino la llama y recogieron los blancos huesos y las cenizas en una urna de oro cubierta de púrpura. Y llorando lo volvieron en hombros a la ciudad.

Así celebraron los troyanos las honras de Héctor, domador de caballos.

3.3.11

Historia del pájaro que habla, el árbol que canta y el agua de oro. Las mil y una noches.

LAS MIL Y UNA NOCHES



Este es el libro de las "Mil y una Noches", maravillosa colección de cuentos árabes, bizantinos, indios y persas. Los recopilaron los poetas arábigos en honor de Haroum-Al-Raschid, quinto califa de la dinastía de los Abbasydas, que reinó en Bagdad.

Las crónicas de los antiguos reyes de Persia, que habían extendido su imperio por toda la India y más allá del Ganges, cuentan que hubo en otro tiempo un Sultán de aquella poderosa dinastía, llamado Schariar, amado por su sabiduría y su prudencia, y temido por su valor y el poder de sus ejércitos.

Su pueblo le quería ciegamente, y su reinado fué largos años feliz. Hasta que un día, enloquecido por la traición de su esposa, y creyendo en su furor que todas las mujeres eran lo mismo, concibió realizar una terrible venganza contra todas las doncellas de su reino. Llamó a su gran Visir y le dió orden de decapitar a la Sultana y a todas sus sirvientas. Y a partir de entonces, cada noche se casaba con una nueva esposa, a la que mandaba degollar sin compasión al día siguiente. Al anocher, una nueva doncella entraba todos los días en el aposento del Sultán, y al amanecer era degollada por el alfanje del Visir.

El rumor de esta bárbara venganza causó una consternación general en toda la ciudad, en la que no se oían más que gritos y lamentos. Y todo eran maldiciones y sangre en el reino que hasta entonces había sido el más feliz de la tierra.

El buen Visir sentía gran congoja y espanto ante las órdenes crueles que se veía obligado a acatar ciegamente todos los días. Y sus ojos derramaban lágrimas todas las mañanas al serle entregada la nueva víctima.

Tenía este Visir dos hijas, la mayor llamada Scherazada, y la menor Dinarzada. Una y otra eran extremadamente hermosas; pero Scherazada unía a su extraordinaria belleza una gran sabiduría y una profunda virtud. Nadie como ella supo jamás el arte de contar hermosos cuentos, de los que guardaba millares en su memoria; fábulas, encantamientos y maravillas, historias antiguas de reyes y princesas, adivinanzas, cuentos de genios y dragones, de aventuras, de batallas y de amor. Oyéndola, nadie sentía el paso de las horas, y el alma se quedaba extasiada ante sus cuentos, como un peregrino hambriento ante un jardín de frutas maravillosas.

Y esta habilidad de Scherazada vino a salvar milagrosamente el reino de Schariar y la vida de millares de doncellas. Porque un día la hija del Visir concibió el atrevido proyecto de ofrecerse por esposa al vengativo Sultán. Ni el llanto de su padre, ni el terror de su hermana, ni el miedo al peligro cierto la pudieron disuadir. Puesta de acuerdo con su hermana, pasó la noche en el aposento del Sultán; por la mañana, una hora antes de amanecer, Dinarzada vino a despertarla Y le suplicó que, por ser el último día de su vida, le contara antes de morir alguno de aquellos hermosos cuentos que sabía, si el Sultán se dignaba autorizarlo. Schariar accedió a oírlo, y cuando el cuento estaba a su mitad, amaneció. Era la hora en que el Sultán debía levantarse y acudir a la oración del alba; pero tan interesado estaba en oír el final del cuento, que decidió perdonar por un día la vida a Scherazada para oírlo a la noche siguiente. Y cada mañana Scherazada comenzaba un nuevo cuento, y Schair volvía a perdonarle la vida para oír la terminación al otro día.

Así, el príncipe oyó los cuentos de Scherazada por espacio de mil y una noches. Hasta que, olvidada su venganza, y enamorado tiernamente de la hija del Visir, perdonó por ella a todas las mujeres, la hizo reina de su corazón y volvió a ser a su lado un príncipe justo y benévolo, amado de su pueblo.

Oíd ahora uno de los cuentos que la discreta Scherazada contó al príncipe Schariar, y que comienza así:





HISTORIA DEL PAJARO QUE HABLA,

EL ARBOL QUE CANTA Y EL AGUA DE ORO

Noche LVI



Señor:

Hubo en otro tiempo un Sultán de Persia, llamado Koruscha, al que agradaba recorrer de noche, disfrazado, las calles de su ciudad en busca de lances y aventuras. Una noche conoció a una muchacha de familia humilde, pero tan discreta y hermosa, que se prendó ciegamente de ella y decidió hacerla su esposa, celebrándose, poco después las bodas, fastuosamente.

Las dos hermanas de la elegida, llenas de celos y envidia, resolvieron vengarse de la nueva Sultana a toda costa. Y valiéndose de toda clase de intrigas consiguieron apoderarse del primer hijo que tuvo su hermana, arrojando al agua al recién nacido dentro de una cesta, en el canal que pasaba por los jardines de palacio. Luego fueron a ver al Sultán y le dijeron que su hermana había dado a luz un gato. Mucho se dolió el Sultán al recibir tan triste noticia, y mandó que sobre ello se guardara el mayor secreto.

Pero una feliz casualidad salvó la vida del inocente niño. El intendente de los jardines, que llevaba largos años casado sin tener hijos, vió la cesta flotando en el agua, la recogió, y al hallar al hermoso recién nacido decidió llevarlo a su casa, buscarle una nodriza y criarlo como si fuera hijo suyo.

Al año siguiente la Sultana dió a luz otro príncipe, y las perversas hermanas lo colocaron también en otra cesta y lo arrojaron al canal, diciendo al Sultán que su hermana había dado a luz un nuevo monstruo. Afortunadamente, el niño fué recogido del mismo modo por el intendente de los jardines.

Finalmente, la Sultana dió a luz una hermosa princesa, y la inocente criatura corrió la misma suerte que sus hermanos, siendo arrojada al canal y recogida por el intendente.

El Sultán, desesperado por tanta desgracia, concibió un gran odio contra la Sultana, y ordenó al Visir que la hiciese encerrar en una jaula de madera, vestida con groseras telas, y que quedara expuesta así al escarnio público en la puerta de la mezquita para que todo musulmán le escupiera en el rostro al ir a hacer sus oraciones.

El intendente crió a los príncipes con ternura paternal, que aumentaba a medida que crecían en edad y revelaban todos ingenio extraordinario, y la princesa una belleza sorprendente. Los tres hermanos, llamados ellos Baman y Perviz, y la princesa, Panzada, estudiaron con un preceptor geografía, poesía, historia y ciencias; haciendo tales progresos

en poco tiempo que pronto aventajaron a su maestro. También aprendieron toda clase de juegos: montar a caballo, cazar, danzar y arrojar la jabalina. Así crecieron y se educaron aquellos príncipes, alegrando los últimos años del buen intendente, al que creían su padre, el cual murió sin revelarles el secreto de su nacimiento, dejándoles herederos de sus riquezas, de una magnífica casa de campo rodeada de jardines y un ancho bosque lleno de ciervos y leones.

Un día en que los dos príncipes habían salido de caza y Parizada quedó sola en el palacio, llegó una peregrina musulmana rogándole que le permitiera entrar para hacer sus oraciones. La princesa la atendió solícitamente, dándole la hospitalidad que manda la ley y ofreciéndole presentes y agasajos. Cuando la anciana iba a retirarse, agradecida por tantas atenciones, dijo a la princesa:

-Señora, vuestra casa es espléndida, alhajada con magnificencia y situada en un paraje encantador. Sólo tres cosas le faltan para ser el más delicioso palacio del mundo.

- ¿Y qué cosas son ésas, mi buena madre?

-preguntó Parizada.

-El pájaro que habla, el árbol que canta y el agua amarilla de color de oro, de la cual basta una sola gota para hacer un surtidor que jamás se consume.

-Hermosas cosas son ésas, mi buena madre. Pero ¿cómo saber dónde se hallan?

-Las tres se hallan juntas en el mismo lugar, en los confines de este reino. La persona que quiera encontrarlas no tiene más que caminar veinte días sin descanso, siguiendo siempre el camino que pasa por delante de esta casa. Al cumplirse los veinte días encontrará a un anciano, y él le dirá dónde se hallan las tres maravillas.

Y dicho esto desapareció.

Hondamente preocupada quedó la princesa con esta revelación, y en cuanto regresaron sus hermanos les contó todo lo sucedido. El príncipe Baman se levantó de repente, diciendo que había resuelto ir en busca del pájaro, del árbol y del agua de oro para tener el placer de regalárselos a su hermana. De nada sirvieron las palabras y ruegos de sus hermanos para hacerle desistir de tan arriesgada empresa. En un momento hizo Baman sus preparativos, y al despedirse entregó a su hermana un cuchillo envainado, diciéndole:

-Mira de vez en cuando la hoja de este cuchillo. Mientras la veas brillante, nada temas. Pero si vez que se empaña y gotea sangre será que alguna desgracia me ha ocurrido. Llora entonces por mí.

Y abrazando a sus hermanos por última vez el valeroso Baman montó a caballo y se alejó en línea recta por el camino que la anciana había indicado.

Atravesó toda la Persia y al cumplirse los veinte días encontró a un anciano de larga barba blanca, sentado bajo un árbol, cubierto con una mísera estera y tocado con un sombrero de anchas alas en forma de quitasol. Era un sabio derviche retirado de las vanidades del mundo.

El príncipe echó pie a tierra y le habló así:

-Buen derviche: vengo de lejanas tierras en busca del pájaro que habla, el árbol que canta y el agua de oro. ¿Podríais indicarme dónde se encuentran?

-Señor -respondió el derviche-, conozco ese lugar. Pero el peligro a que vais a exponeros es inmenso. Muchos valerosos caballeros han pasado por aquí y me han hecho la misma pregunta, y ni uno solo ha vuelto de la atrevida empresa. No sigáis adelante; volveos a vuestro país.

-No conozco el miedo, ni me importan los peligros. Os suplico que me indiquéis el camino.

Viendo el derviche que de nada servían sus prudentes consejos, sacó una bola brillante de un saco que tenía junto a sí y la presentó al joven.

-Tomad esta bola -le dijo-. Echadla a rodar y seguid tras ella hasta la falda del monte donde se pare. Bajaos entonces del caballo, que os esperará allí, y subid a la cumbre de la montaña. Econtraréis a derecha e izquierda una multitud de piedras negras y oiréis una confusión de voces que, con insultos y amenazas, tratarán de haceros retroceder. No miréis atrás, porque si lo hacéis os convertiréis al punto en una piedra negra como las otras, que son otros tantos caballeros encantados. Si lográis llegar hasta lo alto, allí veréis una jaula, y en ella el pájaro que habla; pregunta, y él os dirá dónde están el árbol que canta y el agua de oro. Ahora haced lo que os parezca, y que Alá os proteja.

Agradeció Baman las palabras del anciano; tomó la bola, y echándola a rodar siguió detrás hasta la falda de una montaña. Dejó allí su caballo y comenzó la ascensión entre las filas de piedras negras. Apenas habla dado cuatro pasos, comenzó a oír las voces de que le habla hablado el derviche; unas se burlaban de él, otras le insultaban, otras proferían terribles amenazas. El príncipe siguió subiendo intrépidamente, pero las voces llegaron a hacer tan amenazador estruendo rodeándole, que sus rodillas empezaron a temblar. Volvió la cabeza para retroceder y al instante quedó transformado en una piedra negra, lo mismo que su caballo.

Parizada llevaba siempre a la cintura el cuchillo que su hermano le entregó al partir. Un día, al mirar su hoja, la vió chorreando sangre, y la pobre princesa lloró amargamente la desgracia de Baman.

Pero Perviz era animoso y valiente, y no podía conformarse como ella con llorar a su hermano. Así, pues, decidió intentar la misma empresa, y se aprestó a partir en seguida sin dar oídos a los lamentos de Parizada, que temía perder a los dos y quedarse sola en el mundo. Antes de partir, Perviz entregó a su hermana un collar de perlas de cien cuentas, diciéndole:

-Repasa diariamente las cuentas de ese collar. Si un día las perlas no corren, como si se hubieran pegado unas a otras, será que me ha ocurrido alguna desgracia. Llora entonces por mi.

Y abrazándola amorosamente montó a caballo y siguió el mismo camino que su hermano.

A los veinte días encontró al derviche en el mismo lugar, bajo el mismo árbol; le hizo iguales preguntas, recibió las mismas indicaciones y consejos, y tomando la bola brillante que el anciano le entregó, la echó a rodar y siguió tras ellas hasta la falda del monte. Descabalgó allí y comenzó a subir a pie la cuesta bordeada de piedras negras. Pero apenas había dado unos pasos oyó una voz amenazadora que decía:

- ¡Aguarda, cobarde; no huirás de mi venganza!

El príncipe era impulsivo y valiente, y al oír tal amenaza tiró de su espada sin poder contenerse y se volvió para castigan al insolente. Y apenas lo hubo hecho quedó convertido en piedra negra, lo mismo que su caballo.

Grande fué el dolor de Parizada cuando supo por las cuentas del misterioso collar la desgracia de su hermano. Pero en su corazón había decidido lo que habría de hacer llegado el caso, y sobreponiéndose a su dolor montó a caballo, bien armada y vestida de hombre, y se puso en mancha, siguiendo el mismo camino de sus hermanos.

A los veinte días encontró al anciano derviche, al que hizo las mismas preguntas que sus hermanos. De las indicaciones que recibió dedujo que lo más difícil de la empresa era lograr dominarse al oír las voces, y su astucia de mujer le sugirió un ardid para librarse de ellas. Y fué el de taponarse con algodones los oídos, hecho lo cual arrojó la bola brillante, siguió tras ella hasta la falda del monte, dejó su caballo y empezó a subir la cuesta.

Centenares de voces salían de todas partes; unas con insultos groseros, otras con terribles amenazas, y la princesa las oía, a pesar de los algodones. Su ánimo estuvo a punto de desfallecer; empezó a temblar, pero el recuerdo de sus hermanos le infundió nuevo valor, y apretando el paso, entre un cerco de voces que a cada momento crecían y resonaban cada vez más terribles, llegó a la cumbre, donde vió una jaula con un pájaro de maravillosos colores. Inmediatamente se apoderó de la jaula, llena de gozo, y preguntó al pájaro:

-Dime, ave maravillosa, ¿dónde está el agua de oro?

El pájaro le indicó el camino, y la princesa llenó en el agua amarilla un pequeño frasco de plata. Luego le preguntó por el árbol que canta, y el pájaro respondió:

-Ahí en el medio del bosque lo hallarás. Corta una rama y plántala en tu jardín; pronto crecerá y será un árbol frondoso, con la misma virtud que el árbol padre.

Guiada por el mágico concierto no tardó la princesa en hallar el árbol sonoro, cuyas hojas, al ser movidas por la brisa, producían una dulce música. Cortó una pequeña rama sonora, y vuelta junto al pájaro preguntó otra vez:

-Mis hermanos están aquí encantados, convertidos en piedras negras. ¿Qué haré para salvarlos?

-Derrama una gota del agua maravillosa sobre cada piedra.

Así lo hizo Parizada, y con la jaula, la rama de árbol y el frasco de plata comenzó a bajar la ladera, derramando una gota de agua amarilla sobre cada piedra. Al instante el encantamiento se desvanecía, y en el lugar de cada piedra negra aparecía un caballero. De este modo volvieron a la vida los príncipes Baman y Perviz, los cuales abrazaron a su hermana con lágrimas de gozo.

Y en posesión de las tres maravillas regresaron a su palacio, escoltados por todos los caballeros salvados por el valor de la princesa, los cuales le rindieron pleitesía y la colmaron de bendiciones.

Llegados a su casa, Parizada puso la jaula en su jardín, y apenas el pájaro comenzó a cantar cuando los ruiseñores, las alondras, los pinzones y malvises, todos los pájaros del cielo, vinieron a su lado a aprender el maravilloso canto. La rama se plantó en un cuadro del mismo jardín; arraigó al instante, y en poco tiempo se hizo un árbol frondoso, cuyas hojas producían los más dulces sonidos. Y en medio del parque se levantó una taza de mármol blanco, donde Parizada derramó su frasco de agua de oro, elevándose al momento un surtidor de veinte pies de altura, que nunca se agotaba.

La nueva de tales portentos cundió pronto por todo el reino, y llegó hasta el mismo palacio del Sultán, el cual, al saber que los dueños de aquel jardín eran los hijos de su antiguo intendente, mostró deseos de conocerlos, y decidió ir en persona a admirar la casa maravillosa.

Cuando Parizada supo que su casa iba a ser visitada por el Sultán no cabía en sí de gozo y consultó al pájaro acerca de lo que debería servirle a la mesa.

-Lo que más le agrada -respondió el pájaro- es un plato de calabaza, con rellenos de perlas.

Suspensa quedó la princesa ante esta peregrina respuesta, y sin saber que pensar. Pero el pájaro insistió, diciendo:

-Cava de madrugada al pie del primer árbol del jardín. Allí encontrarás las perlas que necesitas.

Así lo hizo Panzada, encontrando un cofrecito de oro lleno de perlas, todas iguales y hermosísimas. En seguida dispuso un espléndido banquete para obsequiar al Sultán, mientras sus hermanos fueron a la corte para unirse a su séquito.

Llegados a la casa, el Sultán conversó largamente con Parizada y sus hermanos, quedando encantado del ingenio y discreción que en los tres se descubría. También hizo grandes elogios de la casa y el jardín, que compraró a su propio palacio. Cuando vió el surtidor de oro se detuvo maravillado:

-¿Dónde está el manantial de este surtidor dorado que no tiene igual en el mundo?

La princesa no contestó a esta pregunta, y le condujo ante el árbol que canta. Allí creció el asombro del Sultán:

- ¿Dónde están los músicos que producen este armonioso concierto? ¿Cómo es que no los veo? ¿Están bajo la tierra o invisibles en el aire?

Tampoco a esto contestó la princesa, y le condujo ante el pájaro que habla.

-Esclavo mío -dijo Parizada-, he aquí al Sultán. Salúdale como merece.

Dejó el pájaro de cantar, y respondió:

-Sea bien venido el Sultán de Persia, a quien Alá colme de venturas.

El Sultán no salía de su asombro ante tales portentos, y apenas se atrevía a dar crédito a sus ojos y a sus oídos. Sentáronse luego a la mesa, y cuando vió la calabaza rellena de perlas se quedó pasmado, mirando alternativamente a los príncipes y a la princesa, sin comprender la razón de tan extraño guiso.

-Señor -dijo entonces el pájaro-, ¿os maravilláis de ver un relleno de perlas y no os maravillasteis de que vuestra esposa diera a luz tres monstruos.

-Así me lo aseguraron -respondió el Sultán sorprendido.

-Sí, pero fué un engaño de las hermanas de la Sultana, envidiosas de su suerte. Vuestra esposa dio a la luz una hermosa hija y dos hijos, que fueron arrojados al agua por sus hermanas y recogidos y educados por el intendente de vuestros jardines. Y vuestros hijos son esta bella princesa y esos dos príncipes que tenéis a vuestro lado.

Al oír estas palabras el Sultán y sus hijos se abrazaron derramando lágrimas de alegría y su corazón estallaba de felicidad.

Al día siguiente el Sultán hizo prender a las dos envidiosas hermanas, las cuales confesaron su crimen; pidió públicamente perdón a su esposa, y la inocente Sultana fué sacada de su cárcel de madera y vuelta, con sus hijos, a sus honores y a la felicidad de su palacio. El pueblo, al saber tan fausto acontecimiento, se agolpaba por las calles aclamando a sus jóvenes príncipes.

Así vivieron felices largos años. Y en sus jardines siguió cantando el pájaro maravilloso, atrayendo a los ruiseñores y las alondras, los malvises y pinzones, que de toda la Persia venían a aprender su canto.

El Juicio de Paris

EL JUICIO DE PARIS


Relato del mito (Resumen)
Paris es un príncipe troyano, el menor de los hijos de Príamo y Hécuba. Cuando la madre estaba embarazada de este hijo tuvo un horrible sueño según el cual daba a luz una antorcha encendida. Interpretado el sueño por los adivinos, dijeron que el hijo que esperaba causaría la ruina de Troya. Por esto el recién nacido se le dio a un criado para que lo expusiera en el cercano monte Ida donde sería devorado por animales o perecería por otras causas, como se solía hacer y lo encontramos en otros mitos. Pero el niño fue rescatado por unos pastores que lo educaron como uno de ellos. Cuando alcanza una edad juvenil, se dedica a guardar el rebaño y en esta misión ahuyentaba a los ladrones, lo que le vale el sobrenombre de Alejandro, que significa “el que aleja a los hombres del peligro” Como es un joven bello y valiente, la ninfa Enone se enamora y se casa con él.
Es en este momento del relato, en el que situamos al joven Paris apacentando los rebaños en el monte Ida, cuando se produce el acontecimiento que conocemos como Juicio de Paris. Hace su aparición ante sus ojos una inesperada comitiva de regias mujeres conducidas por el dios Hermes. Son las tres diosas que se consideraban a sí mismas las más bellas. La historia mítica nos lleva ahora a otro escenario, el de una celebración de boda a la que estaban invitados dioses y mortales pues la pareja que se unía era mixta, la diosa Tetis y el mortal Peleo. No todas las divinidades habían sido invitadas y una en especial acogió mal el haber sido excluida y se presentó en el banquete haciendo honor a su nombre: la diosa Discordia. Lanzó sobre la mesa una manzana dorada con la leyenda siguiente “Para la más bella”
Tres fueron las diosas que se sintieron acreedoras de recibirla, Hera, Atenea y Afrodita y la confusión inicial debió ser grande pues ni Zeus se atrevió a dar un veredicto y declinó su prerrogativa en un juez imparcial. Fue elegido ese joven pastor, de casta real aunque no lo supiera, que ajeno a lo que le esperaba, pasaba el tiempo en el monte.
La responsabilidad era grande y no tenía elementos de juicio, pues las tres le parecían igual de bellas. Les pide que se quiten la ropa, para contemplarlas en todo su esplendor y todavía inseguro, habla con cada una de ellas. Este primer “concurso de belleza” de la historia tiene unas inusuales bases ya que cada una de las diosas le ofrece una recompensa si es elegida. Hera le ofrece el poder sobre las tierras de Asia, Atenea le ofrece la victoria en las batallas y la diosa del amor y la belleza le ofrece el amor de la mujer más bella de la Hélade, que es Helena, casada con Menelao, rey de Esparta. Paris sabe que se expone a ser objeto de la enemistad de las dos diosas que no resulten elegidas pero no puede declinar la responsabilidad de juez. Elige a Afrodita como la más digna de recibir la manzana. Desde entonces la diosa lo protegerá a él y a su pueblo pero en cambio se ganará el rencor de las otras dos diosas.
Terminado el juicio, ellas vuelven al Olimpo y Paris queda en su tierra sumido –imaginamos- en la incredulidad de lo que le ha pasado.
Poco tiempo después unos sirvientes del rey Priamo le arrebataron uno de los toros favoritos de Paris y se lo llevaron como premio para unos juegos funerarios que iban a celebrarse en la ciudad de Troya precisamente en su honor. El joven entonces decide recuperarlo y se presenta como concursante en los juegos de los que queda vencedor por encima de sus propios hermanos. Uno de ellos, Deífobo le persigue con una espada en la mano, lo que obliga a Paris a refugiarse en el altar de Zeus. Es entonces cuando interviene a su favor su hermana Casandra, dotada del poder de la adivinación, que informa a los padres que se trata del hermano perdido. Paris es aceptado de nuevo en la familia y se traslada a vivir a Troya, adoptando el nuevo papel social de hijo del rey.
En este nuevo cometido tiene el encargo de viajar a Esparta en misión diplomática. No duda en abandonar a Enone y parte a la ciudad donde vive Helena. Es entonces cuando Afrodita cumplirá su promesa y tendrá lugar el encuentro Helena, a quien después rapta.

2.3.11

La Ilíada. Resumen

Este poema épico comienza con la discusión entre dos líderes del ejército Griego. Resulta que Aquiles había recibido una doncella llamada Briseida como recompensa de combate. Sin embargo Agamenón, el "rey de los reyes", haciendo gala de su poder decide quitársela.

En desquite Aquiles retira a sus guerreros de la batalla y se niega a seguir ayudando con el ataque a Troya.

Los troyanos aprovecharon esta situación y empezaron a tener victorias. Entonces Agamenón le devuelve a Aquiles su esclava con la intención de que vuelva al combate, pero el orgulloso Aquiles no quiere hacerlo.

El mejor amigo de Aquiles, Patroclo, le suplica que le preste sus armas de combate para disfrazarse de Aquiles, y regresar a la batalla con los demás guerreros para atacar a los troyanos, pero Héctor, hijo del rey Príamo de Troya, lo mata.

Aquiles queda muy afligido por el dolor de haber perdido a su mejor amigo. De hecho, este suceso cambia el curso de la guerra porque entonces regresa a la batalla para vengarse.

Héctor espera a Aquiles, listo para luchar. Los dos eran los mejores guerreros de cada ejército, pero al verlo llegar Héctor escapa corriendo lleno de miedo, llegando a dar tres vueltas alrededor de la ciudad de Troya. El guerrero griego lo persigue hasta que finalmente Héctor deja de correr y decide enfrentarlo.

Aquiles atraviesa la garganta de Héctor con su lanza. Mientras estaba muriendo, el guerrero troyano pide un funeral honorable. Sin embargo Aquiles, aún sediento de venganza, toma el cadáver y lo arrastra alrededor de los muros de la ciudad. Luego se niega a devolver el cuerpo de Héctor a su familia.

Tras el funeral de Patroclo, que contó con sacrificios y juegos en los que se repartieron premios, Aquiles continuó insultando a los troyanos con el maltrato del cadáver de Héctor.

Finalmente el viejo rey Príamo, padre de Héctor, se presenta solo ante las naves aqueas para suplicar la devolución del cadáver de su hijo. Conmovido por esto, Aquiles regresa el cadáver.
.
La Ilíada termina con la tregua en la que se dan los funerales de Héctor.

10.2.11

Literatura de la India. Cronología.

• 2500 a.C.-s. VIII: Literatura antigua india
- 2500 a.C.-1800 a.C.: Cultura Harappa

- 1800 a.C.-300 a.C.: Civilización de los Vedas
-s. XV a.C.: Rig-Veda.

- 300 a.C.-1 d.C.: Imperio Maurya
-s. II a.C.: Mahabharata Ramayana.

-1 d.C.-s. VIII:
-s. IV-V: Ritusamhara (Kalisada). Meghaduta (Kalisada). Panchatantra.
-s. V: Kamasutra.
-s. VIII: Malatimadhava (Bhavabhuti).


PERIODO VÉDICO
No hay una fecha exacta pero, pero algunos historiadores la ubican entre los años 6,000 al 3,000 a.C. El nombre Védico deriva de los libros VEDAS, que significa “Saber”.

LOS VEDAS
Son una colección de libros sagrados y narraciones míticas que eran
transmitidas oralmente por los sacerdotes brahmanes, escritos en lengua
sánscrita, son el primer modelo de la literatura hindú, donde por primera vez se sienta el principio de la trinidad: Brahama, Siva, Visnú, semejante al misterio de la Santísima Trinidad.

EL MAHABHARATA Y EL RAMAYANA
Tras el periodo védico la literatura india ofrece dos poemas épicos, en los que las formas didácticas, líricas y dramáticas se desarrollan de un primitivo estado hasta otros de gran pureza literaria, estética y moral.

EL RAMAYANA
Se calcula que pertenece al siglo III a.C., por lo tanto contemporáneo a la Grecia Clásica. Se estima que autor fue Valmiki. Escrito en muy antiguo sánscrito, pertenece a la tradición popular de la India, no es un libro religioso o sagrado.

Narra el nacimiento y educación del rey Rama, su encarnación en el dios Visnú, dios de la guerra, el destierro con su fiel esposa Sita. También cuenta como su esposa Sita es raptada y llevada a Sri Lanka y las aventuras de Rama para recobrarla. En éste poema se relata la legendaria conquista de Lanka( Ceilán).
En estas luchas intervienen hombres, animales y espíritus


EL MAHABHARATA
Escrito en el año 300 a.C. y el 300 d.C. Es considerada la obra literaria más extensa del mundo, pues consta de 220,000 versos, llamados Zlocas

Es difícil que sea obra de un solo autor, aunque tradicionalmente se suponga que fue escrita por Krisna-Dwaipayana, llamado Vyasa, palabra que significa “ el compilador”.
Interfieren en el Mahabharata, leyes y narraciones ajenas a la trama principal del poema, como la historia de los amores de Nala y Damayanti.

EL Mahabharata Es una obra con falta de unidad temática y con cierto desorden, donde su
principal argumento es la guerra de exterminio entre dos reyes hermanos
llamados Pandú y Dritashtra, de la tribu o linaje del rey Bahrata, todo ello
escrito con minuciosidad y situado en un ambiente de grandeza y de heroísmo.

Bhagavadgita
Poema filosófico que se inserta en el libro sexto de los dieciocho que constituyen el Mahabharata, y es una especie de Biblia de los hindúes.
A este mismo periodo pertenecen las leyendas de tipo religioso llamadas Purana (cuento poético) o Itihasa (leyenda) que tratan de los dioses indios y de la creación del mundo y también los Agmas, libros de carácter filosófico.

Nala y Damayanti

Virasena, que reinó en el país de los Nisadas, dejó dos hijos al morir. El mayor, Nala, era más hermoso que el mismo Indra, rey de los dioses. Cuando atrevesaba la ciudad, al frente de sus ejércitos, parecía el sol en toda su gloria. Era valiente y piadoso, conocía los sagrados Vedas y protegía a los brahamanes.
Su hermano Puskara era enteco y envidioso. Le gustaba vivir en la sombra, y jamás se mezclaba con el pueblo. Nadie sabría decir si era valiente o cobarde, porque nunca se le vió en los juegos ni en la guerra.
Nala se entregaba con placer a la doma de caballos salvajes. Ninguno se le resistía; y a todos los reducía a la rienda y al yugo. Y con ellos vencía en la carrera a los más hábiles conductores de carros. Después de los Consejos, donde trataba los asuntos de su reino, se entretenía algunas veces en jugar a los dados. Y siempre tenía suerte; pero las ganancias del juego las repartía entre los ascetas y los mendigos. Nala no quería otras riquezas que las que se ganan con los brazos y con el corazón.
En el país de los Vidarbas reinaba el magnánimo Bhima. Tenía una sola hija, Damayanti, que era hermosa entre todas las doncellas. Su rostro era más gracioso que la luna creciente y sus ojos más bellos que la flor azul del loto. Su voz era tan melodiosa, que al hablar parecía que cantaba. Los viajeros que cruzaban el país de los Vidarbas celebraban por toda la tierra la belleza de Damayanti. El rey Bhima la adoraba, y le dió por doncellas a las más hermosas vírgenes del país.
¡Cuántas veces Damayanti oyó decir a sus doncellas: "Nala es el más hermoso de los reyes!"
Y ¡cuántas veces oyó Nala decir: "Damayanti es la más bella de las princesas!"
Así Nala comenzó a soñar con la princesa Damayanti. Ya no le divertían las fiestas de su palacio; escuchaba con impaciencia los discursos de sus consejeros, no prestaba atención a los emisarios de los reyes vecinos y buscaba la soledad de sus jardines. Allí, tendido sobre la yerba fresca, con los ojos entornados, soñaba con la bella princesa Damayanti.
Un día cogió de su jardín un cisne de alas doradas. El cisne, al sentirse preso, lanzó un grito y habló:
-No me mates, ¡oh rey! Si me concedes la vida yo iré al país de los Vidarbas, veré a la bella Damayanti y le diré cuánto la amas.
Nala sonrió, sorprendido y alegre; abrió su mano, y el cisne desplegó sus alas volando hacia el país de los Vidarbas.
Damayanti estaba en su jardín, bañándose con sus doncellas en un estanque florecido de lotos, cuando vió llegar un cisne de alas de oro, que se posó sobre el agua. La princesa se dirigió hacia él a nado, pero el cisne huía nadando más ligero que ella. Así lo persiguió por el agua y luego por la pradera, alejándose de sus doncellas. Entonces el cisne le habló con una voz como una canción:
-Escúchame, bella Damayanti, que vengo a ti como mensajero. En el país de los Nisadas reina el gran Nala; no tiene par entre los hombres y es más hermoso que los mismos dioses. Nala te ama y está triste de amor. Ámale tú, Damayanti, la más bella de las princesas. Que lo mejor se una a lo mejor.
Damayanti escuchaba al cisne, y sus labios se entreabrían oyéndole como una flor al sol. Después acarició tiernamente al mensajero de las alas de oro:
-Vuela, cisne querido, vuela al país de los Nisadas. Y di a Nala que se ponga en camino, que venga a casa de mi padre. La más humilde de las princesas se honrará con la visita del más hermoso y valiente de los reyes.
Y el cisne, rápido y sonoro, voló nuevamente al país de los Nisadas.
El rey Bhima envía heraldos por toda la tierra, convocando a una Asamblea nupcial donde la princesa Damayanti elegirá esposo. Corren los heraldos lanzando su pregón por todos los reinos, y todos los príncipes se ponen en camino hacia el país de los Vidarbas. Van en ilustres carros, seguidos de brillantes cortejos. Entre todos destaca el carro dorado de Nala, tirado por veloces caballos salvajes.
Es la víspera de la Asamblea nupcial. Hoy todos los caminos de la India conducen a la corte de la princesa Damayanti.
Y el pregón de bodas llega también a la mansión de los dioses. Allí están reunidos el celeste Indra, y el ardiente Agni, y Kali, el dios vengativo, y todos los demás dioses. lndra les dirige la palabra:
-Escuchad, inmortales. Mañana se celebra en la corte del magnánimo Bhima la Asamblea nupcial donde la bella Damayanti ha de elegir esposo. Damayanti es la más hermosa princesa de la tierra; todos los reyes arden en deseos de agradarle. ¿No iríamos nosotros a disputar a los reyes de la tierra la más bella de las princesas?
- ¡Sí, sí! -contestan todos-. Descendamos a la corte de Bhima, y que Damayanti elija su esposo entre los dioses.
Y con deslumbrantes cortejos, Indra, Agni, Kali y todos los dioses se encaminan en carros de oro hacia el país de los Vidarbas.
Todos los pretendientes son introducidos en un amplio salón de techos altísimos, resplandeciente de oro y pedrerías. Bhima recibe a todos con el rostro sonriente, dichoso de ver en su reino a los más ilustres príncipes de la tierra. Cuando entran los dioses se inclina gravemente ante ellos, deslumbrado por su aire majestuoso. Pero cuando hace su entrada Nala se oye en todas partes un grito de admiración: es brillante como un héroe, hermoso como un dios. Entre los dioses se sienta; los príncipes le miran con envidia, y los mismos dioses no pueden ocultar su turbación.
En medio de un gran silencio aparece ahora la noble Damayanti. Trae en sus manos una guirnalda de lotos para ofrecerla al elegido de su corazón. Sus ojos, sonrientes y turbados, se posan sobre todos los pretendientes, y al ver a Nala, su corazón desfallece de gozo y de amor. Sin vacilar va hacia él para tenderle la guirnalda. Pero los dioses ven que van a ser públicamente derrotados por un hombre y rápidamente se ponen de acuerdo para evitarlo.
De pronto Damayanti se detiene con los ojos desmesurados de sorpresa. Todos los dioses han tomado figura de Nala, y Damayanti ve delante de sí cien Nalas, todos iguales. Entonces comprende que es una treta urdida por los dioses y les reza con toda la ternura de su corazón:
- ¡Oh dioses! Bien sabéis que no puedo querer más que a Nala. El cisne me trajo su palabra de amor, y quiero serle fiel. ¡Oh dioses! Vuestra gloria es tan grande, que no puede caber en el amor de una débil mujer. ¡Oh guardianes del mundo! Presentaos en todo vuestro esplendor para que yo pueda distinguir al rey Nala, a quien ama mi corazón.
A estas palabras el milagro se desvanece. Los reyes celestes se presentan en toda su gloria: sus ojos están inmóviles, como grandes piedras preciosas, y sus pies no tocan en el suelo. En medio de ellos, Nala, con los pies en el suelo, tiembla de esperanza.
Entonces Damayanti, alegre y tímida, le tiende la guirnalda.
En medio de brillantes fiestas se celebran las bodas. Los poetas entonan sus mejores cantos en honor de Nala y Damayanti, y los mismos dioses, a pesar de su derrota, perdonan el orgullo de los hombres y dan su bendición a los desposados. Después se remontan a su cielo.
Sólo uno de ellos no quiso perdonar. Es Kali, el dios vengativo, en cuyas manos están la riqueza y la miseria.
Cuándo Nala y Damayanti regresan al país de los Nisadas vuelven sobre una larga alfombra de flores, bajo arcos de follaje y entre las bendiciones de su pueblo. Su reinado comienza con la mayor felicidad y los dioses inmortales les conceden un hijo y una hija.
Pero Kali no olvida su venganza, y busca la alianza de Puskara, el perverso hermano de Nala. Un día Puskara desafió a su hermano a jugar a los dados. Nala, por complacerle, accede a la partida, y el juego comienza. Detrás de Nala, invisible, está el dios Kali, que tiene en sus manos la buena y la mala suerte.
Nala juega un anillo de oro que brilla en su mano. Tira los dados; tira los dados Puskara, y Nala pierde su anillo. Después Nala juega un collar que brilla en su cuello. Y lo pierde también. Y pierde, una a una, todas sus joyas, y sus armas, y sus caballos, y sus carros de guerra. El perverso Kali sonríe; Puskara juega con frialdad. Y Nala se ciega cada vez más jugando, tentado por el dios, como si hubiera perdido la razón. Pasan las horas y los días y la partida no se acaba. Los consejeros de Nala están llenos de angustia. Damayanti, en su palacio, llora sin cesar. Pero Nala no escucha las palabras de sus consejeros ni piensa en su esposa ni en sus hijos. Juega siempre, cogido de una extraña locura, un día y otro día. Pierde todo su oro y su plata, sus palacios, sus jardines, sus tierras y sus vestidos.
Damayanti tiembla por la suerte de sus hijos, y con un ayo fiel los envía a la corte del rey Bhima, su abuelo. Después cae sobre su lecho, entre lágrimas y plegarias, esperando el regreso del esposo.
Nala ha jugado su derecho al trono y también lo ha perdido. Entonces Puskara le dice riendo:
-Dejemos el juego, hermano. ¿Qué te queda ya? Sólo tienes tuya a la princesa Damayanti. ¿Quieres que la juguemos también?
A estas palabras Nala recobra de repente la razón. Sin pronunciar una palabra se levanta, arroja sus últimos vestidos, y traspasado de dolor va en busca de Damayanti. La princesa le recibe en sus brazos llena de ternura:
-Oh mi bien amado! Querido me eras en toda tu gloria. Más querido me eres hoy en tu miseria. Desnudo estás como cuando naciste. Yo seré tu madre, y tu hermana, y tu esposa. De nuestras riquezas solo nos queda este trozo de tela grosera. Envolvámonos los dos en él.
Y abrazados, envueltos en el mismo lienzo, Nala y Damayanti abandonan el palacio. Cruzan la ciudad, salen al campo, y al caer la noche, santamente enlazados, se tienden sobre el suelo.
Nala llora. Damayanti canta y enjuga sus lágrimas.
Ahora está dormida Damayanti bajo la luna. Nala la contempla, conteniendo sus sollozos. Y piensa:
- ¡Oh, Damayanti, esposa mía! Tu fidelidad te ata a mi triste destino. En los malos caminos, en el hambre y en el frío, en los bosques poblados de fieras y serpientes, bien sé que quisieras estar a mi lado. Pero ¿cómo podría resistir tanta fatiga tu carne delicada? Yo he pecado contra los dioses, olvidando mis deberes de rey y de esposo, y debo expiar mi culpa. Pero tú eres inocente, ¡oh, Damayanti! Vuelve a casa de tu padre, donde tus hijos te esperan. Yo iré a buscarte allí cuando mi esfuerzo logre vencer a mi desventura.
Así piensa Nala en silencio. Damayanti duerme y sonríe bajo la luna.
Para evitarle todas las amarguras de la miseria, Nala decide abandonar a Damayanti, pensando que al verse sola volverá a casa de su padre. Varias veces ha intentado ya huir, pero su amor le hace volver otras tantas veces al lado de la esposa dormida. Al fin, cuando el primer albor aclara el horizonte. Nala se decide. Sin despertarla, rasga en dos pedazos la tela que los cubre, toma uno para envolverse y la besa en silencio.
Después, llorando en su corazón, se pierde solo en la sombra de la selva.
¿Cuánto tiempo ha errado sola la bella Damayanti por el bosque sin fin? Ha caminado largos días y largas noches por las montañas y por las llanuras; ha visto los antros siniestros donde se guarecen las fieras y los bellos parajes donde cantan los pájaros. Ha atravesado ríos y lagos. Ha sido atacada por las serpientes y los malhechores. El viento y el sol han castigado su carne delicada. Y anda, anda siempre, llamando en voz alta a Nala, que la ha abandonado.
A los tigres pregunta por el hermoso Nala, y los tigres la miran dulcemente sin responderle. Pregunta a los ascetas de la Montaña Sagrada, y los ascetas le responden con palabras de luz:
-Sigue tu camino, bella Damayanti. Sufre y espera. Tú volverás a ver a Nala en toda su gloria. El reinará muchos años sobre alegría de los pueblos, castigará a los malvados y subirá en su fuerte brazo a los honrados. Y los dioses os bendecirán. Sufre y espera, ¡oh Damayanti!
Y Damayanti sigue su camino. Unos mercaderes la recogen compadecidos de sus ojos de gacela y su belleza castigada de sol. Lleva la caravana gigantescos elefantes ricamente enjaezados y se dirige al reino feliz de los Chedis. En un campo verde acampan, junto a un lago florecido de lotos. Pero a media noche un rebaño de elefantes salvajes viene al lado, y al ver a sus hermanos los elefantes de la caravana convertidos en esclavos los atacan con rabia y aplastan a los mercaderes.
Así la bella Damayanti, mientras no llegue la hora del perdón, llevará la desgracia dondequiera que vaya.
Nala ha seguido su peregrinación, dura y terrible, igual que Damayanti. Largos días y largas noches ha caminado también, y se alimenta de frutas silvestres y raíces, bebiendo sus lágrimas. Un día llega a un bosque donde crepita un gran incendio. De entre las llamas oye salir una voz:
- ¡Oh, gran Nala, sálvame, por amor de los dioses!
Nala se mete entre las llamas sin vacilar y salva de la muerte al desdichado. Era un Naga, un duende travieso, encantado en el bosque por la maldición de un asceta al que había interrumpido en sus meditaciones.
-Gracias, gran rey -dijo el Naga-. Tu valor me ha salvado. En prenda de gratitud voy a revelarte el porvenir. Aún sufrirás algún tiempo, ¡oh Nala!, porque la maldición de un dios te persigue. Pero tus penas alcanzarán su fin; volverás a ver a Damayanti y a tus hijos, y tu reino te será devuelto. Ahora escúchame y obedece: da veinte pasos hacia el río y cava allí un hoyo.
Nala obedeció. Cayó el hoyo y halló un manto rojo de tela grosera.
-Cúbrete con ese manto y mírate en el río.
Al mirarse en el río, Nala dió un grito de espanto. Su rostro estaba cambiado y era de una horrenda fealdad.
-Así irás por el mundo -agregó el Naga-, sin que nadie te pueda reconocer. Serás el más feo de los hombres y desempeñarás, ¡ oh rey!, los oficios más humildes. Vete al palacio del rey Rituparna y trabaja allí en los establos, sin acordarte de tu grandeza. No descubras a nadie tu nombre ni tu patria. Cuando encuentres de nuevo a Damayanti serás perdonado. Arroja entonces ese manto rojo y volverás a aparecer en todo tu esplendor.
Después, como la bruma de la mañana, el Naga desapareció.
Mucho tiempo ha pasado. Nala trabaja humildemente en los establos del rey Rituparna. Limpia las cuadras y los carros, da pienso a los caballos y doma los potros salvajes. No se avergüenza de su humilde oficio, pero sus ojos lloran día y noche recordando a la bella Damayanti, que abandonó en la selva.
Damayanti está ahora acogida en el palacio del rey de los Chedís, sirviendo de doncella a la princesa Sunanda.
El magnánimo rey Bhima, desde que supo la desgracia de Nala y Damayanti, arde en deseos de volver a verlos. Un día llamó al sabio brahamán Sudeva y le dijo:
-Mucha es tu sabiduría, Sudeva. Sólo tú puedes hallar a mis hijos Nala y Damayanti. Ve por la tierra y busca sin descanso, día y noche. Di a Nala que no tenga reparo en venir a mis brazos; le daré mil vacas, todas las tierras que quiera y la mayor de mis ciudades. Que los dioses te protejan, Sudeva.
Cien días habían pasado cuando Sudeva llegó al reino feliz de los Chedis. Fué a saludar a la princesa Sunanda, y al mirar a sus doncellas su corazón salto de gozo. A pesar del sol y del viento, a pesar del hambre y el frío, del cansancio y del tiempo, ¿quién no hubiera reconocido la voz maravillosa y la belleza de Damayanti?
Bien cumplió la mitad de su misión el sabio brahamán. Ahora ya está Damayanti al lado de sus hijos, en la casa de su padre. Y Sudeva vuelve a recorrer la tierra en busca del rey Nala. A los caminantes, a los pájaros, a las fieras, el buen brahamán preguntaba:
- ¿Habéis visto cruzar por aquí a Nala, el mas hermoso de los hombres:
Pero ¿quién podría reconocer a Nala en aquel feo mozo de los establos de Rituparna?
Así, al cabo de otros cien días llegó Sudeva al palacio de Rituparna. Tampoco allí sabía nadie el paradero del gran Nala. Pero los ojos de Sudeva saben ver lo que no ven los ojos de los otros hombres. Una noche oyó al mozo de los establos llorar, clamando por su amor perdido. Sudeva se fijó en sus manos, finas y blancas; en la tristeza de sus ojos de dulce mirada, en su manera de domar los potros salvajes y conducir los sonoros carros. Y en todo esto recordaba Sudeva al gran Nala; le preguntó su nombre y su patria, pero Nala, cumpliendo las palabras del Naga, se negó a decirlos.
Al fin Sudeva decidió hacer una última prueba. Si aquel hombre extraño era Nala lo demostraría en las carreras de carros, en que nadie pudo igualársele jamás. Y Sudeva habló al rey Rituparna delante de todos sus criados:
-Sabed, ¡oh gran rey!, que la princesa Damayanti, considerándóse viuda, reúne mañana nueva Asamblea nupcial para elegir esposo. ¿No iréis vos allá, oh Rituparna?
-De buen grado iría. Pero el país de los Vidarbas está a cien leguas de aquí. ¿Quién podría recorrer en un solo día tan enorme distancia?
Al oír esto el corazón de Nala tiembla de emoción. De un salto se coloca ante el rey:
-Yo te llevaré, ¡oh Rituparna! Mañana al amanecer tu carro estará ante el palacio de la bella Damayanti.
Nala corre a los establos gritando y llorando de gozo. Unce al brillante carro dos potros sin domar, de sangre picante, que se encabritan y piafan nerviosos al sentir los frenos de plata. Rituparna, con Sudeva y su cortejo, monta en el carro. Nala, de pie, empuña las riendas, restalla su largo látigo, y envueltos en una nube de polvo, gritos relinchos, los caballos se lanzan a través del campo.
Damayanti se ha levantado esta mañana temprano y alegre como nunca. Su corazón ha soñado un dulce presentimiento. Está amaneciendo: en el jardín se escucha el bramido de los elefantes; en el estanque juegan los cisnes reales, y las flores se abren frescas al sol.
Damayanti sale a su terraza a respirar el aire limpio de la mañana. Allá lejos, en el camino, divisa un brillante carro. Se acerca, se acerca; parece que vuela. Un hombre lo guía cubierto con un manto rojo. Ya entra el carro en la ciudad, atronando sus calles dormidas. Ya llega ante el palacio. El hombre vestido de rojo desciende al suelo de un salto; corre a la puerta, derribando en su carrera a los centinelas, petrificados de asombro; sube la ancha escalinata como un loco, cruza las salas, llega a la terraza, Grita sin aliento:
- ¡Damayanti, Damayanti!
Y arroja al suelo el manto rojo, apareciendo de repente en todo su esplendor.
-¡Oh Nala, mi bien amado!
Y Nala y Damayanti se abrazan sin palabras.
En el jardín del rey cantan los ruiseñores.
El gran Nala recobró su reino, del que cedió generosamente la mitad a su hermano Puskara. Siempre reinó para la justicia y el amor.
Y los hombres y los dioses fueron dichosos largos años con la dicha de Nala y Damayanti.